RetrocesoA&ONº 277/18-X-2001SumarioCriteriosContinuar
¡No temáis!
Desde el pasado 11 de septiembre son muchos los que hablan de "un antes y un después" de esta fecha histórica, de que "todo ha cambiado en el mundo", y no precisamente para bien. El signo más expresivo de esta especie de sensación es sin duda el miedo, ante la amenaza de nuevos horribles atentados terroristas, ante el llamado bioterrorismo, ante unas acciones militares que se sabe cómo empiezan pero no cómo terminan, y sobre todo ante la incertidumbre de un futuro que parece írsele de las manos a los poderosos que creían controlarlo. Sería triste, y trágico de nuevo para la Humanidad, emprender el camino de tratar de volver a esa creencia, en lugar de recuperar la verdad radical del hombre y del mundo, que evidentemente no tienen en sí mismos su consistencia. Por el contrario, la Iglesia de Cristo mira al futuro, sin duda con dolor y preocupación, pero con la paz y con la esperanza que sólo Dios puede darnos y que ahuyenta todo temor. El Papa Juan Pablo II, en su Mensaje para este DOMUND 2001 que cumple su 75 aniversario, comienza con esa misma llamada a la esperanza de su ¡No temáis!, con el que comenzó su pontificado, hace justamente estos días 23 años: "La misericordia divina -dice el Santo Padre- nos impulsa a remar mar adentro… Este impulso hacia el futuro, iluminado por la esperanza, debe ser la base del actuar de toda la Iglesia en el nuevo milenio".

Vencer el miedo, como vencer esa radical limitación que no nos deja alcanzar los deseos ilimitados que nos constituyen, no es tarea que esté en nuestras solas manos. Nos desborda. Cerrar los ojos a esta verdad elemental, bien creyéndose autosuficiente, o bien negando esos deseos infinitos, reduciéndolos y degradándolos, no sólo no vence el miedo ni hace posible el cumplimiento de deseo alguno realmente humano, sino que conduce inexorablemente a ese terrible desprecio al hombre que pudo comprobarse ayer en las monstruosidades del nazismo y del comunismo, y que se sigue comprobando hoy en el terror estruendoso que ha destruido miles de vidas humanas bajo los escombros de Nueva York, y en el silencioso que destruye millones, ya concebidas, antes de nacer. Sin embargo, se quiere hacer normal estos días culpar a la religión de los horrores que han tenido su punto álgido en el terrible atentado terrorista del pasado 11 de septiembre.

En numerosos medios de comunicación se acusa a la religión de intolerancia y de fanatismo, y, sin rubor alguno, todo un catedrático de Historia de los Movimientos Sociales, que no duda en relacionar a "la profesora de Religión despedida y las Torres gemelas", llega a escribir que los exclusivismos religiosos "no sólo no garantizan la paz social, sino que son fuentes potenciales de violencia". Frente al peligro que la religión, según él, supone para la paz y la libertad, predica el civismo de la moderna sociedad liberal, donde "ni hay verdades ni hay formas de ser oficiales", donde "cada cual es libre para conducirse con arreglo a sus gustos y principios, siempre que con ello no se interfiera en la libertad de los demás". Niega, como se ve, la radical dependencia de Dios, y al final no le queda más remedio que vivir entre el engaño de la autosuficiencia y el de la censura de los deseos infinitos de su corazón. Para poner las cosas en su sitio, basta con acudir a la Historia de verdad, y enterarse de los hechos de este civismo liberal que repasa Pío Moa en las páginas de este mismo número de Alfa y Omega.

Lo que sucede hoy no es más que el lógico desarrollo de la parábola de una llamada modernidad decidida a construir un mundo, de hecho, al margen de Dios, por mucho que se cite su nombre. Justamente al cumplirse un mes del terrible atentado contra los Estados Unidos, escribía en el diario El País un calificado como filósofo que "Dios ha adquirido protagonismo en los escenarios mediáticos del mundo porque se mata y se muere en su nombre, y se pide su ayuda para la justicia". ¿Qué clase de protagonismo -es preciso preguntarse- puede tener quien es ignorado en su auténtica verdad? Este rechazo de Dios, y no otra cosa, es en definitiva la causa del terror hoy creciente en el mundo.

El terror, ciertamente, no sólo es ajeno a la verdadera religión que en el hecho cristiano se nos ha mostrado en su plenitud, sino que es definitivamente aniquilado por ella. Juan Pablo II no ha dejado de repetir desde el 11 de septiembre que "la religión no puede ser pretexto para la guerra", porque en realidad es la única garantía de la auténtica paz. El ¡No temáis! incesante de Juan Pablo II desde el comienzo de su pontificado no es sino el eco de aquel primer ¡No temas, María! de la Anunciación, bendita obertura de los repetidos ¡No temáis! de Jesús a sus discípulos. Lo que puede librarnos de todo temor no son las garantías médicas, sin duda buenas y necesarias, y menos aún el recurso a las armas, por sofisticadas que sean para evitar los, al final, inevitables efectos colaterales -¡trágico eufemismo!-. Sólo Uno puede hacerlo. Anunciarle a Él -que es la razón de ser de los misioneros, espléndidos protagonistas de la Jornada del DOMUND, como es la razón de ser del actual Sínodo de los Obispos, no en vano convocados como servidores del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo- es la primera y más urgente necesidad que tiene la Humanidad. Hoy y siempre.