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Los acontecimientos del 11 de septiempre han sembrado un miedo planetario. Hasta ahora las guerras siempre habían contado con algún lugar neutral. Ahora nadie puede serlo. Lo que el terrorismo desea no es abatir enemigos, sino cobrarse víctimas. ¿Por qué hemos llegado a esta situación.
Repasando los planteamientos filosóficos tanto del liberalismo como del marxismo, se puede decir que son las estribaciones de una larga crisis de fe y de esperanza. El uno, llamando al urgente aprovechamiento de las riquezas, sin preocuparse de los más débiles; el otro, tocando a rebato para una lucha indiscriminada contra los poseedores, lucha sin reglas ni límites, tachando de cobardía, cooperación con la injusticia y falta de dignidad a todo esfuerzo en pro de la conciliación. Es cierto que el socialismo liberal, por un lado, y la social democracia, por otro, han ido acercando posiciones con la consiguiente disminución de la virulencia de los conflictos. No obstante, lo que el 11 de septiembre nos descubre es que esta armonía es falsa y era falsa; que los sistemas, sin modificar sus postulados, no pueden dejar de dar frutos malos, y que lo único que ha ocurrido es que se están trasladando al tercer mundo tanto las explotaciones liberales como las luchas indiscriminadas del marxismo. Si el 11 de septiembre ha sacudido los cimientos de esta sociedad -aparte lo horroroso de la masacre- es porque, al tiempo, se ha resquebrajado la confianza ciega en la organización y las instituciones de Occidente. Lo peor del problema es la solución. Porque ésta no puede venir de otro lugar que de la práctica de la virtud de la esperanza. Ya comprendo que quien lea esta última frase no podrá dejar de sonreír por la ingenuidad del juicio. Pero no es en absoluto ingenuidad, sino algo que sólo personas fuertes de espíritu son capaces de sostener y practicar. En el fondo de todo radical enfrentamiento entre los hombres late una total ausencia de esperanza: los ricos, porque todo lo cifran en su poder y en su riqueza y no necesitan promesas de bienestar futuro; los desheredados, porque tampoco consienten esperar una solución a sus problemas que pase por un esfuerzo de conciliación. En el fondo, ni unos ni otros son capaces de dar, con sus planteamientos, razones para vivir y para esperar. Y, sin embargo, no cabe otra solución que la esperanza. Pero tenemos una idea desencarnada de la esperanza. Solemos creer que es algo relacionado sólo con la otra vida. La esperanza da realidad, aquí y ahora, a todo aquello que la fe nos inspira y la caridad nos exige. El hombre sólo se siente inclinado a luchar por un mundo mejor si tiene esperanza. Si no, lo lógico es la lucha de todos contra todos. De la falta de esperanza no nace la justicia, ni mucho menos la solidaridad, sino la discordia, el miedo y la división. Para poder amar al otro y no considerarle un rival, hay que tener esperanza; porque amar es dar sin querer recibir, precisamente porque se espera algo más. Amar sin esperanza consume al otro. Amar con esperanza es lo que puede de verdad mejorar al otro. Javier Montero Casado de Amezúa |