Si, antes de echar la pluma a paseo, se tomaran la elemental molestia de enterarse de lo que escriben, el grupito de columnistas manipuladores sin fronteras, inasequibles al desaliento, replegaría velas, como han hecho otros con más responsabilidad que ellos, y no calificarían, como hace Antonio Gala, los Acuerdos España-Santa Sede, de
cachondeo. No sé yo si lo suyo es cachondeo o simplemente chochez, por muy carmesí que sea. Los síntomas de que Gala va ya chocheando deberían preocuparle. Del grupito de manipuladores sin fronteras son miembros fundadores quienes, si fueran capaces de intentar salir del cliché de Iglesia, o de obispo, que tienen, podrían empezar a entender algo; quienes, como Fernando Delgado, -con lo mayorcitos que ya son- se meten en berenjenales sobre la confesión, de la que realmente no parecen tener ni noción aproximativa; quienes, desde sus orejeras políticas, ven
errores graves donde no hay otra cosa que coherencia, frente a hipócritas actitudes pretendidamente docentes; quienes, como Cándido, sobre las medidas adecuadas de defensa docente, escriben que "generan efectos sociales más graves que su causa" -¿no renovar, con razón, un contrato, es más grave
efecto social que la negación del derecho de los padres y de los hijos a recibir enseñanza religiosa?-; quienes, como Raúl del Pozo, escriben: "Cuando parecía que nos habíamos quitado la caspa y el rosario, surgen los granujas que se llevan todos los cepillos" -este señor del Pozo quiere sumar mocos y estrellas..., y no cuela; su caspa es la que brilla en todo su esplendor-; quienes, como Maruja Torres, siguen creyendo que la paz la inventó John Lennon; quienes, como el
teólogo José María Castillo dicen que "lo que estamos viendo en la Iglesia es esperpéntico" -¿cuánto tiempo haría que no se miraba en el espejo?-; o quienes, como Sánchez-Dragó, escriben un libro pretencioso y pedante hasta el aburrimiento, un miserable bluf -con su pan se lo coma y que le aproveche- que él mismo califica (página 140) de "gruñido de desahogo", y que, por tanto, no merece más atención; o quienes, como Rodríguez Zapatero, aconsejan a la Iglesia "que se una a la modernidad que vive España". ¡Hace falta ser antiguo! La Iglesia le aconseja a él que se una a su sentido común y a lo que tiene que ser, en vez de a lo que tristemente es.