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Un historiador le decía el otro día a un amigo que, si alguien quiere buscar un episodio de nuestra historia contemporánea que haga daño a la Iglesia, éste en el que se basa Visionarios le viene como anillo al dedo. Trata de unas supuestas apariciones de la Virgen en un pueblo guipuzcoano, que acontecen cuando el Gobierno de la Segunda República ha ordenado la eliminación de símbolos religiosos de los centros oficiales: colegios, Ayuntamientos... El pueblo, mayoritariamente católico, se enfrenta a la ley y a sus representantes -curiosamente, la Guardia Civil- y cataliza, a través de los visionarios, una oposición al régimen que se vislumbra como alba de la contienda civil.Gutiérrez Aragón nos presenta una galería de personajes desde la que nos ofrece su interpretación histórica e ideológica. Por un lado, nos muestra a los presuntos visionarios, jóvenes poco aventajados que se dejan presionar hasta lo inaceptable y que aprovechan su condición de supuestos místicos para sacar ventajas. Una excepción es Usúa (Ingrid Rubio), la protagonista, que parece más sincera, aunque demuestra una conducta de lo más confusa y extraña a una verdadera conversión. En realidad, parece que el cineasta se inclina por la hipótesis de superchería. |
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Por otro lado, están los hombres influyentes del pueblo, de derechas, catolicones, que manipulan a los visionarios para sus fines políticos. También encontramos a dos curas: el párroco, que no cree en unos milagros que no se acompañan de santidad de vida (pues, claro, ¿por qué entonces el director lo dibuja con tanta antipatía?), y el desagradable jesuita padre Laburu, que como antropólogo y hombre de ciencia, llega a la conclusión de que donde deben estar los visionarios es en el manicomio de Mondragón. Más interesante es la figura del alcalde: un vasco nacionalista católico que mira con antipatía unas medidas que quieren restar imfluencia de la Iglesia. Pero Gutiérrez Aragón le relega a un papel muy secundario.
Sorprendentes son las figuras que encarnan la oficialidad de la República, sobre todo las de la comisión investigadora. Sorprendentes por el patetismo con el que Gutiérrez Aragón las retrata, rídiculas y decadentes. En realidad, Gutiérrez Aragón no quiere identificarse con la clase política republicana anticlerical, que considera quizá perteneciente al mismo binomio premoderno que él atribuye al catolicismo cultural. De hecho, también muestra la barbarie de la quema de conventos y las imágenes acribilladas. Gutiérrez quiere superar ese esquema de dos Españas en Joshe (Eduardo Noriega), representante de un cierto laicismo a lo francés, para el que lo religioso no es ni deja de ser, simplemente no importa. Joshe, a cuyas novias siempre se les aparece la Madre de Dios, representa el racionalismo políticamente correcto -el propio cineasta-, y se pregunta por qué la Virgen no les dejará en paz (es decir, por qué no se limita a la esfera de lo privado). Esta posición, que le hace mantener un aparente equilibrio en muchos momentos del film, no le ahorra al director ciertos guiños malévolos contra el catolicismo popular. Por ejemplo, la película arranca con un llamativo contraste: una procesión de hombres y mujeres de negro entonando un tétrico No estés eternamente enojado es mostrada en paralelo con una cantante vestida de blanco y que canta en francés una seductora melodía en el moderno hotel Londres, de San Sebastián. El mundo de la luz y la fiesta, frente a la superstición y el miedo. Y precisamente Joshe es camarero de ese hotel. Ése es su mundo de referencia. La lectura del film es sencilla: que los asuntos religiosos interfieran la vida pública sólo es fuente de conflictos, abusos manipuladores, y la confirmación de que la Iglesia es vocacionalmente la cortesana del poder. ¿Qué mensaje podía venir mejor para sazonar los tiempos que corren? Y, como Gutiérrez Aragón es culto y sabe su oficio, nos envuelve el mensaje en un film bien narrado, mejor ambientado, y de una factura siempre convincente y correcta. En fin, cada uno ve lo que quiere, como les acusan a los visionarios del film, y, sobre todo, cada cual hace ver a los demás lo que quiere. Éste es el arma de doble filo del cine. |