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Siempre me ha llamado la atención la parábola de Los talentos. ¡Qué difícil resulta detectarlos!. Y si se consigue, ¿cómo multiplicarlos? Seguramente una leve capacidad de riesgo y un escaso espíritu competitivo propiciaban en mí este entendimiento. ¿Por qué desechar el principio conservador que invita a guardar los talentos, para que triunfe el vértigo y la apuesta? ¿Es que un cristiano debe asumir el desafío o la aventura como principio de su fe?
Con el tiempo, mi reflexión se ha tornado, no sin esfuerzo, en que la parábola de Los talentos nos propone indagar, con denuedo, en nosotros mismos; con la obligación de invertir generosamente el hallazgo. El proceso consiste en extraer lo mejor de sí mismo para emplearlo en el prójimo. De todos podemos aprender... hasta de uno mismo, a fuer de profundizar, de escudriñar en nuestro interior; con vocación de despojo y siempre con riesgo de encontrar virtudes, que no debemos guardar bajo un ladrillo, sino que hemos de ponerlas a disposición de los demás. El cristiano ha de aplicar esta parábola en la sociedad actual y, en el umbral del siglo XXI, con preponderancia femenina; la sensibilidad de la mujer puede ejercer, en este trance, un papel fundamental. Elsa González Díaz de Ponga |