RetrocesoA&ONº 277/18-X-2001SumarioDesde la feContinuar
Televisión
Ni paraísos artificiales,
ni falsas ideologías
Es verdad que a los hombres y mujeres de países en vías de desarrollo les llueven por televisión imágenes de un Occidente presuntamente venturoso, en virtud del fácil acceso por las parabólicas. En muchos hogares el pan, el arroz y el té escasean, pero no faltan techos de uralita cargaditos de antenas de mil brazos. Así, las comunidades menos desarrolladas, sin salir de casa, se montan un viaje astral a otros territorios donde sus ciudadanos sonríen a lomos de coches descapotables y donde se saca brillo a las estrellas de cine. Esta insolente cascada de imágenes que se cuela por el portillo de sus covachas, puede suscitar en ellos un par de reacciones absolutamente divergentes: o se les despierta una falsa atracción por un maná de baratillo, un paraíso de barbies donde la felicidad sólo cuesta dos euros, o se crea en ellos un rechazo crónico a un mundo que no entienden, porque diezma los valores esenciales de su propia cultura.

Sobre este tema, uno de los filósofos más influyentes del siglo XX, Jürgen Habermas, disertó el pasado domingo, con motivo de la entrega del Premio de la Paz que le dieron los Libreros Alemanes. El filósofo alemán es partidario de una irremediable globalización del planeta a través de la secularización, esa modernización de estilo netamente occidental que vivió en la Ilustración el nacimiento de un hombre sin ataduras, liberado del lastre de los grandes valores tradicionales. Habermas observa, además, que esa secularización en nuestra Europa de toda la vida "continúa produciendo sentimientos ambivalentes, como se ha demostrado en la discusión acerca de la técnica aplicada a la genética. Ortodoxias esclerotizadas existen tanto en Occidente como en el Oriente Próximo y Lejano, entre cristianos y judíos al igual que entre musulmanes". Con ello nos ofrece un panorama en el que el hombre del nuevo siglo, para armonizar con el progreso, tiene que ejercer su poder a través de una ciencia y de una técnica imparables, aunque vayan en contra del mismo hombre. Sin embargo, un síntoma inequívoco de progreso es (en contra del planteamiento de Habermas) la necesidad de propiciar marcos en los que exista un respeto infinito a la dignidad humana.

Con relación al tema genético apuntado por el filósofo, el Comité Internacional de Bioética de la UNESCO ha elaborado la primera Declaración Universal sobre el Genoma Humano y los Derechos Humanos, que proclama la inviolabilidad del genoma humano. Por otra parte, el Informe del Parlamento Europeo sobre la clonación humana, del 8 de septiembre de 2000, se refiere al embrión en los primeros momentos de su vida como vida humana, que tiene dignidad y es digno de tutela y protección. Y éstos no son, según la terminología del filósofo, acuerdos reaccionarios u ortodoxias esclerotizantes. La vía de globalización a través del respeto al ser humano (que apunta siempre a la trascendencia y que posee una conciencia donde puede encontrarse con la verdad), es un camino de baldosas amarillas muy eficaz para la unión de los pueblos. Y es seguro que éste es un discurso exportable, digno de escucha por el musulmán afroamericano o por el joven pastor tibetano.

Por eso la televisión, que se filtra hasta en los hogares de los homeless (menos en Afganistán, donde todo uso de la imagen es reprobado con el contundente magisterio del kalashnikov), tiene una inmensa responsabilidad de abandonar modelos paradisíacos de cerámica barata o ideologías de secularización que dejan al hombre sin rostro ni definición.

Javier Alonso Sandoica