RetrocesoA&ONº 277/18-X-2001SumarioEl Día del SeñorContinuar
Esto ha dicho el Concilio
Enviada por Dios a las gentes para ser sacramento universal de salvación, la Iglesia, por exigencia radical de su catolicidad, obediente al mandato de su Fundador, se esfuerza en anunciar el Evangelio a todos los hombres. Los mismos Apóstoles, en quienes la Iglesia ha sido fundada, siguiendo las huellas de Cristo "predicaron la palabra de la verdad y engendraron las Iglesias". Sus sucesores están obligados a perpetuar esta obra, a fin de que la palabra de Dios se difunda y glorifique y el reino de Dios sea anunciado y establecido en toda la tierra. En el actual orden de cosas, del que están surgiendo nuevas condiciones para la Humanidad, la Iglesia, sal de la tierra y luz del mundo, se siente llamada con mayor urgencia a la obra de salvación y renovación de toda criatura, para que todas las cosas sean instauradas en Cristo y en Él formen los hombres una sola familia y un único pueblo de Dios

La actividad misionera tiene íntima conexión con la misma naturaleza humana y sus aspiraciones. Al manifestar a Cristo, la Iglesia revela con ello a los hombres la auténtica verdad de su condición y de su vocación entera, ya que Cristo es principio y modelo de esa Humanidad renovada, a la que todos aspiran, llena de amor fraterno, de sinceridad y de espíritu de paz. Cristo y la Iglesia, que de Él da testimonio por la predicación del Evangelio, trascienden todo particularismo de raza o de nación y, por lo tanto, no pueden ser considerados como extraños a nadie ni en lugar alguno. Todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios. Nadie por sí y por sus propias fuerzas se libera del pecado y se eleva sobre sí mismo; nadie se libera completamente de su debilidad, o de su soledad, o de su esclavitud; todos tienen necesidad de Cristo modelo, maestro, libertador, salvador, vivificador. En realidad de verdad, el Evangelio ha sido en la historia humana, incluso la temporal, fermento de libertad y de progreso, y continúa ofreciéndose sin cesar como fermento de fraternidad, de unidad y de paz. No sin causa, Cristo es honrado por los fieles como Esperanza de las naciones y Salvador de todas ellas.

Decreto Ad gentes, 1. 8