|
|
|
Todos estamos deseando un mundo mejor, más justo, con más paz, lleno de felicidad. Se nos entorpece aparentemente por las realidades tan adversas y contradictorias que en la sociedad existen. El hombre no se regenera por las armas, ni por las luchas fratricidas, sino por el amor de Cristo que nos ha salvado. Hace falta un mundo mejor. La Historia siempre ha tenido momentos de sombras y de luces. A nosotros nos ha correspondido vivir una etapa que, en honor a la verdad, tiene muchas complicaciones. Desde fenómenos tan lamentables como el terrorismo, el hambre, la pérdida de valores, el hedonismo, la ruptura de la institución familiar y los correspondientes ataques o menosprecios a la familia; o como también el problema de las migraciones, las luchas étnicas y religiosas, la falta de seguridad en tantas regiones y países, las muertes violentas, el regionalismo o el nacionalismo; hasta el problema de la indiferencia religiosa, el abandono de la fe en Dios y en la Iglesia, la falta de unidad entre los cristianos, la falta de vocaciones, el cansancio en la tarea, el subjetivismo, el relativismo, el personalismo, la desobediencia e incumplimiento de las leyes de Dios y de su Iglesia. |
|
Son algunos de los problemas que aparecen, y que ponen de manifiesto que, bajo muchos puntos de vista, necesitamos y anhelamos un mundo mejor. A pesar de estas lacras y situaciones negativas, hay otras muchas positivas que es donde debemos incidir con esperanza. Existen elementos positivos y alentadores, como puede ser el resurgir de grupos y comunidades que tratan de poner en práctica el Evangelio y que están dando signos de esperanza; hay mayor sensibilidad por la paz, la justicia y la solidaridad. Especialmente por la influencia de los medios de comunicación, el mundo cada vez se hace más cercano, como la gran aldea donde nos sentimos más próximos, miembros del mismo planeta y protagonistas de la misma Historia. Asimismo hay que citar la sensibilidad por el ecumenismo y por el diálogo interreligioso. Aquí nos jugamos la armonización mundial. Los viajes del Papa Juan Pablo II han sido elocuentes y programas concretos que nos motivan en el presente y nos proyectan hacia el futuro. Sus contactos con autoridades religiosas y políticas, así como encuentros de sensibilización y colaboración por la paz, han impulsado un nuevo modo de regirse la sociedad. Pero también nos percatamos que incluso en no pocos jóvenes y adultos se siente nostalgia de Dios y ansia de mayor conocimiento.
El mismo Papa Juan Pablo II afirma, en muchos de sus escritos, que el Reino de Dios transforma las relaciones humanas y se realiza progresivamente, a medida que los hombres aprenden a amarse, a perdonarse y a servirse mutuamente. "El Reino interesa a todos: a las personas, a la sociedad, al mundo entero. Trabajar por el Reino quiere decir reconocer y favorecer el dinamismo divino, que está presente en la historia humana y la transforma. Construir el Reino significa trabajar por la liberación del mal en todas sus formas. En resumen, el Reino de Dios es la manifestación y la realización de su designio de salvación en toda su plenitud" ( encíclica Redemptoris missio, 15). El DOMUND de este año ha de significarse por este espíritu de esperanza, aun en medio de tantos dramas, y por la solidaria colaboración, puesto que las necesidades son cada vez mayores. Además, este año 2001, dicha Jornada coincide con el 75 aniversario de su institución por el Papa Pío XI. Hemos de favorecer todos para que "sea este aniversario ocasión propicia para reflexionar sobre la necesidad de un mayor esfuerzo común en el promover el espíritu misionero y en el procurar las necesarias ayudas materiales, que tanto necesitan los misioneros" (Juan Pablo II, Mensaje del DOMUND 2001). Nuestros misioneros se merecen todo. Ellos están realizando una labor que debe ser no sólo admirada sino acompañada por nuestra colaboración. Se encuentran en ambientes deprimidos y de escandalosa miseria. De ahí que ruego y pido la generosidad, tanto con nuestras oraciones como con nuestra ayuda material. Que sea el DOMUND de la esperanza y de la solidaridad generosa en este nuevo siglo y milenio que hemos iniciado. + Francisco Pérez González |