RetrocesoA&ONº 277/18-X-2001SumarioRaícesContinuar
Los obispos hablan... sobre los obispos
José Francisco Serrano

Un sínodo de obispos sobre los obispos da más juego de lo que, según la imagen de la cobertura informativa que recibimos, uno puede pensar. La paciente y pausada lectura de las intervenciones delinea los contornos de una precisa fotografía de la Católica Iglesia. Hay dos figuras que se erigen en el subsuelo de varias intervenciones. Dos nombres que, implícitamente, han apuntalado el pensamiento teológico sobre lo que allí se aborda: Johann Adam Möhler y el padre Henri de Lubac. La referencia de sus textos, en este contexto, es siempre un ejercicio refrescante. Por ejemplo, escribió Möhler que "el obispo es la unión hecha visible de todos los fieles de un lugar determinado, el amor personificado de unos con otros, la manifestación y el punto central vivo del espíritu cristiano en su aspiración a la unidad; y, puesto que en el obispo está entregada a la constante contemplación, la caridad de los cristianos mismos cobra conciencia de sí misma, y se torna el medio de mantenerla".

Del padre De Lubac nos quedamos con aquel preclaro final de la conferencia que pronunció el 28 de octubre de 1971, en el Centro de estudios San Luis de Francia, en Roma: "San Agustín lo ha visto perfectamente, nada se podía conseguir sin Roma. Cuando surgía una crisis grave, no era el obispo de Roma el que buscaba una mayoría a la que agruparse: eran los obispos, numerosos o no, poderosos o no, en ejercicio o no, unidos por lazos colegiales, los que se volvían hacia su hermano de Roma para pedir su decisión. Porque tal es, en primer lugar, y en su sencillez inalterable, el carisma, el oficio, el servicio de Pedro".

Pero volvamos a la sala del Sínodo para recoger una gavilla de intervenciones que nos ayuden a pensar sobre lo que allí se ha dicho. Nos fijaremos, en un primer momento, en el contexto cultural en el que nos movemos. El cardenal Poupard insistió en que, "si la falta de fe, sobre todo en las sociedades occidentales, ya no es la misma, el ateísmo reflejo se encuentra principalmente en las ciencias de la vida, en las ciencias humanas y en la cultura mediática. Una visión del mundo completamente atea crea un ateísmo de costumbres en un horizonte mundano en el que parece que Dios ha desaparecido, no sólo de la razón, sino incluso de la memoria. Dios considerado como superado por la razón, incompatible con el pensamiento crítico, se ha vuelto completamente superfluo para millones de hombres y de mujeres, una auténtica apostasía silenciosa, escondida detrás de la indiferencia tranquila de una cultura de lo inmanente que invade grupos enteros en Occidente y se propaga a través de los continentes. Servidores del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo, ¿qué es lo que seríamos si no hiciésemos lo imposible por dar una respuesta a todo esto?"

El cardenal Ratzinger, con su magistral capacidad de análisis, levantó una de las ovaciones más cerradas en el aula. Sus palabras tenían la suavidad de la forma, y la firmeza de la cuestión. Fueron sus palabras: "El mundo no está sediento por conocer nuestros problemas eclesiales, sino el fuego que Jesús ha traído a la tierra (cf. Lc 12,50). Sólo si nos hemos vuelto contemporáneos de Cristo, y este fuego arde dentro de nosotros, el Evangelio que anunciamos tocará los corazones de nuestros contemporáneos. Este anuncio exige el coraje de la verdad y la disponibilidad para sufrir en nombre de la verdad (cf. Ts 2,2). Entrar en la sucesión apostólica implica entrar también en esta lucha por el Evangelio. En nuestra cultura agnóstica y atea, el obispo, maestro de la fe, está llamado a comprender los espíritus y los signos de los tiempos. El problema central de nuestro tiempo es que la figura histórica de Jesucristo ha sido vaciada de su sentido. Un Jesús empobrecido no puede ser el único Salvador y mediador, el Dios-con-nosotros: Jesús es reemplazado con la idea de los valores del reino y se convierte así en esperanza vacía. Tenemos que regresar con claridad al Jesús de los evangelios, ya que Él es también el auténtico Jesús histórico (cf. Jn 6,68). Si los obispos tienen el valor de juzgar y decidir con autoridad en esta lucha por el Evangelio, la tan auspiciada descentralización se realizará de forma automática. No se trata de decidir sobre las cuestiones teológicas de los especialistas, sino sobre el reconocimiento de la fe bautismal, fundamento de toda teología. La fe es el verdadero tesoro de la Iglesia (cf. Mt 13,45s)".

Una de las más recurrentes preocupaciones ha sido la transmisión de la fe y la catequesis. El cardenal Cormac Murphy-O'Connor, arzobispo de Westminster y Presidente de la Conferencia Episcopal (Inglaterra), insistió en que "el trabajo del obispo como Maestro-Preceptor de la fe, especialmente en la catequesis, a menudo es drásticamente dificultado por: 1) una amplia suposición en la cultura contemporánea de que la fe cristiana no es una doctrina, no es una verdad, es meramente un ethos; y 2) la existencia dentro de la catequesis de un modelo ampliamente aceptado que hace poca justicia al lugar que tiene la doctrina en la educación católica. Haciéndolo remontar fundamentalmente a Rousseau, el modelo educacional de Dewey penetró con mucha fuerza en la catequesis católica".

Los obispos han hablado muy claro sobre cuáles son sus preocupaciones. Para muestra, un ejemplo: las palabras del obispo polaco monseñor Antoni Pacyfik Dydycz, franciscano capuchino: "Con esta intervención hago referencia al número 55 del Instrumentum laboris, donde se habla de la santidad del obispo, basada en la espiritualidad evangélica. Allí se afirma que el obispo debe ser maestro, santificador y pacificador, colmo de virtudes. Eso es cierto. Sin embargo, cuando el obispo mira su calendario donde tiene apuntadas las muchas citas con personas importantes, las reuniones prestigiosas y muchas cosas más, entonces la bella visión del ministerio episcopal desaparece. Y cuando algún sacerdote o una persona necesitada acuden a él, no tiene tiempo para atenderles. De este modo descubrimos que nuestro ministerio está vinculado, que depende de muchas cosas y no logra brindar esperanza a las personas que nos han sido confiadas. Por lo tanto, hace falta liberar nuestro trabajo de todo tipo de dependencia relacionada con la mentalidad de nuestro tiempo".

También nos sirven las del cardenal Bernard Agré, arzobispo de Abiyán (Costa de Marfil): "En nuestro mundo, marcado por las heridas innumerables de la civilización del odio y de lo obtuso, con frecuencia el obispo se ve solicitado para pronunciar una palabra que sea luz y brújula, apertura y liberación. A menudo las multitudes llegan a su puerta y siguen con su mirada su mano bondadosa. ¿Acaso no es él, muchas veces, padre y madre para su pueblo? Inventivo, desinteresado, eficiente en un mundo que se inclina ante los individuos creativos y dinámicos, ¿acaso el obispo no corre el riesgo de aparecer tan sólo como un director, un administrador carismático, un project manager, un coordinador, conocido como el director de una ONG?"

No sólo se han oído las voces de los obispos hablar sobre los obispos. Unos pocos seglares han hablado claro, pero que muy claro. Así lo ha hecho el ecuatoriano Enrique Galarza Alarcón, Consultor de la Conferencia Episcopal de su país: "He estado cercano a muchos obispos; creo que a todos les falta tiempo para hacer todo lo que querrían hacer. Alguno desearía demorar el sol en el firmamento para que el día tuviese 300 horas de trabajo. Pero, si eso fuera posible, tampoco le alcanzaría el tiempo para hacer el bien. En pequeño, los laicos también tenemos esta tentación: queremos dar seguridades absolutas y definitivas a los hijos, sin caer en la cuenta de que, a lo sumo, son seguridades temporales y relativas. Tal vez nos bastaría hacer todo lo que podamos, con sentido de urgencia, pero definiendo prioridades y en espíritu de corresponsabilidad, para que lo que se haga sea bien hecho, dejando que el Señor supla lo demás, y seguro que lo hará con creces. Los hombres y mujeres de hoy necesitamos de creyentes que nos devuelvan la esperanza a través de un mensaje testimoniado con convicción y entusiasmo. La vocación a la santidad es un llamado a la autoafirmación y a la felicidad plena. (...) Queremos y necesitamos obispos santos. Que busquen ser coherentes entre lo que creen, piensan, dicen y hacen. Obispos que sean dignos y libres frente a toda atadura y poder, y se sientan, al mismo tiempo, como indignos servidores de los más humildes y pobres, de los que nada les pueden devolver, tal vez ni siquiera reconocer el bien recibido".

O esta otra intervención, de don Giuseppe Camilleri, de la Sociedad de la Doctrina Cristiana (Malta): "La transmisión de la certeza de la fe no es, en esencia, un ejercicio intelectual. De hecho, sólo los santos pueden trasmitir esa certeza, porque viven lo que predican. El obispo debería hacer hincapié en la certeza de las verdades reveladas, utilizando un lenguaje idóneo que refleje las hermenéuticas más recientes de lengua y doctrina, siempre según la línea del Magisterio".

Mas información gráfica