RetrocesoA&ONº 278/25-X-2001SumarioAqui y ahoraContinuar
XXV Aniversario de la ordenación episcopal
de don Antonio María Rouco Varela
Una vida de total fidelidad a la Iglesia
A lo largo de estos últimos 25 años, muchas son las personas que han conocido
y convivido con don Antonio María Rouco Varela. Ofrecemos a nuestros lectores
los recuerdos de un viejo amigo de nuestro cardenal arzobispo de Madrid
El 31 de octubre de 1976 es consagrado obispo don Antonio María Rouco Varela, hoy cardenal arzobispo de Madrid. Actúa de obispo consagrante el entonces arzobispo de Santiago de Compostela, don Ángel Suquía Goicoechea, del que es nombrado obispo auxiliar.

Cuando nos enteramos de su nombramiento, nos resultaba un nombre poco conocido e inesperado, en relación con algunos otros que se barajaban en los medios más cercanos a Santiago. A pesar de ser natural de Villalba, hermosa villa da Terra Cha en la provincia de Lugo, y ordenado sacerdote en Mondoñedo, al haber vivido la mayor parte de su vida de sacerdote en Alemania y luego en Salamanca, no era muy conocido por Santiago. Con todo, muy pronto advertimos que se trataba de aquel joven canonista que había venido como asesor a nuestro Concilio Gallego en las sesiones del mes de junio de 1975, que trataban sobre El seglar en la Iglesia y en la construcción cristiana del mundo, en donde había tenido un papel muy brillante y clarificador. Se me ocurre ahora..., ¿no surgiría de aquí la iniciativa de don Ángel Suquía (con la ayuda, claro, del Espíritu) de proponerlo como obispo auxiliar, mirando a las fases del Concilio todavía sin terminar…?

Sea lo que fuere, el Vicerrector de la Universidad Pontificia de Salamanca, con toda su juventud sacerdotal y su rica experiencia de estudios y profesor en Munich y en Salamanca, llega con su nombramiento episcopal a Santiago de Compostela. Los turbulentos años de problemática estudiantil vividos, y podíamos decir toreados, con prudencia y elegancia en Salamanca, van a ser luego para él de gran ayuda en su futura misión en Santiago.

Un hombre de ciencia, un afamado profesor, una vocación de estudio e investigación va a dedicarse ahora a una misión pastoral muy distinta: visita a las parroquias, cercanía y diálogo con las personas, trabajos de una curia arzobispal… ¿No significaría una gran pérdida para la ciencia teológica eclesial tan necesitada de mentes ágiles y firmemente asentadas…? Otra vez el Espíritu. De todos modos, para él supuso un cambio notable que condicionaba su manera de vida.

Viene a residir a nuestro Seminario Mayor y allí se le adaptan un poco las humildes estancias (habitación y despacho) que había ocupado con gran austeridad monseñor Cerviño, anterior obispo auxiliar y Rector del Seminario, quien había sido nombrado el año anterior obispo de Túy-Vigo.

Así empieza su labor episcopal, en familiar convivencia de casa y mesa con los Superiores del Seminario Mayor. Su gran formación eclesial y su reconocida fama como canonista incluso en el extranjero, sobre todo en Alemania, junto con la experiencia de dirección en la Universidad Pontificia de Salamanca, le dan una seguridad y confianza en sí mismo que, entiendo, siempre le ha caracterizado.

Al mismo tiempo, su personalidad, su claridad de ideas y su talante de moderación y de apertura al diálogo hizo mucho bien en ese momento de la vida diocesana. Por lo que se refiere al Seminario Mayor, en esos años difíciles de verdadera crisis en la década del 68 al 78, su llegada en el 76 enmarca un antes y un después: un camino lleno de experimentos, dudas e interrogantes se va afirmando y clarificando. Don Antonio, siempre abierto, comprensivo y condescendiente con las personas, fue muy firme y muy claro en sus ideas, en una línea, entiendo, de total fidelidad a la Iglesia.

Yo, que he convivido con él en esos primeros años de su episcopado y le he acompañado muy de cerca ya nombrado arzobispo, desde mi cargo de Rector del Seminario, puedo decir que he visto siempre en él al pastor muy consciente de su cargo y, al mismo tiempo, al compañero humilde que sabe convivir con los amigos y pasar con nosotros, en medio de sus muchas ocupaciones, algunos ratos de tertulia y esparcimiento, con alguna partida de cartas o algún rato de tenis (bueno, algo parecido al tenis cuyo nombre no recuerdo, con unas pelotas que vuelan como mariposas, estilo alemán, que a mí me volvían loco y casi siempre perdía).

En todos estos años que hemos estado cerca, he notado en don Antonio una marcada evolución: poco a poco el brillante profesor y hombre de ciencia, un tanto aislado en su mundo, se va transformando en el pastor cada vez más cercano de sus fieles, sobre todo de sus sacerdotes.

En sus veinticinco años de episcopado, deseo a don Antonio muchos años de prosperidad y acierto en su alta responsabilidad en la Iglesia.

José Esmorís Cambón
Rector del Seminario Mayor
de Santiago en los años 1975-1991