RetrocesoA&ONº 278/25-X-2001SumarioCriteriosContinuar
No vence la guerra, sino la misericordia
Esta noche cenas solo en casa. ¡Ahí te quedas! No pienso volver; me voy con Emilia". Así se llama la perra que sostiene en sus brazos la normal esposa que abandona al marido y se va a vivir al apartamento que decorará la multinacional de moda del mueble. Es éste uno de los recientes anuncios con que bombardea los hogares españoles la omnipresente televisión, con la imagen, para vender mejor los muebles de moda, de personas la mar de normales: el jovencito gay enamorado de otro chico con el que se va a vivir a un piso; o la adolescente embarazada —¡menos mal que ésta dice que va a tener el niño!— que se va de casa de sus padres; o los padres, normales y sonrientes...

También estos días, en la prensa internacional, se anima a la ciudadanía, desde Nueva York a Milán, como desde Argentina a Thailandia, a vivir la normalidad, para combatir al terror. Así titula Beppe Severgnini su columna del Corriere della Sera, en la que recoge el testimonio de una neoyorkina que, frente al horror que ha asolado su ciudad el pasado 11 de septiembre, ha decidido "mantener sus planes para el fin de semana", convencida de que "la única respuesta seria es no dejarse aterrorizar". El columnista termina animando a los lectores a ondear "con orgullo la normalidad de nuestra vida". En la portada de ese mismo diario italiano, Ferruccio de Bortoli alaba este comportamiento, y lo hace hasta el punto de calificar a cuantos lo siguen de mártires de la normalidad. Ésta parece que se acabó el 11 de septiembre: después de esta fecha —escribe—, "nuestras seguridades han sido barridas por una oleada de nueva barbarie". Para concluir afirma: "En el dolor, la vida continúa, y el mejor modo de afrontarla está contenido en nuestro personal sentido del deber, en una especie de silenciosa resistencia cotidiana. La fuerza de la normalidad". Sin embargo, cabe preguntarse, ¿qué es la normalidad?, ¿la que representan los personajes de los citados anuncios?

Ser normal, hoy en día, ¿refleja acaso algún tipo de normalidad capaz de vencer al terrorismo? En esta misma página, la semana pasada, ya recordábamos la única normalidad capaz de salvarnos, la de la fe en Jesucristo. Todo otro intento no es más que vacuidad. Precisamente es éste el término usado por Ivan Rioufol para definir "nuestras precedentes preocupaciones", en un reciente artículo, publicado en Le Figaro, sobre lo que ya ha cambiado desde el atentado del 11 de septiembre, que "ha puesto un fin brutal —escribe— a la dulce indiferencia que mecía a un Occidente sin historia. Hasta entonces, era de buen tono acomodarse a todo y abstenerse de tener certezas. La moral difícilmente encontraba allí su lugar. Ese tiempo ha concluido". A continuación, señala "entre las probables prioridades de estos próximos años: proteger, educar, jerarquizar", y se fija, con una profundidad ciertamente mayor que la de aquellos paladines de la normalidad, en los comportamientos que "ilustran la solidaridad y la responsabilidad: valores que corrigen los clichés de una sociedad individualista y superficial". ¡Ojalá la conmoción de los atentados contra los Estados Unidos produzca estos frutos!

Los mismos buenos deseos manifiesta el ex-varias veces Jefe de Gobierno y senador italiano Giulio Andreotti, abogando por una solución justa al conflicto israelí palestino, evidente cáncer que no es ajeno ciertamente a las metástasis que agitan el mundo desde Nueva York a Kabul. Pero el experimentado político no cree que vaya a cambiar esa triste normalidad —como la de los anuncios televisivos— de los conflictos de intereses que no dejan de llenar el mundo de guerras y de hambre. Conviene recordar que sin árbol bueno no puede haber frutos buenos. "Sin Dios —reconoce Andreotti—, la paz no puede existir".

Con toda claridad lo dice en su último editorial la revista mensual de la diócesis de Córdoba Primer Día, a propósito del "estupor, la confusión, la inseguridad y la rabia" producidos a raíz del 11 de septiembre, "en unas naciones tan seguras de sí mismas", mostrando cómo se ha puesto "en evidencia algo latente desde hace decenios en los pueblos que encarnan la modernidad: la incapacidad para hacer frente a una grave crisis de la Humanidad con un argumento que no sea el de la violencia"; el Papa ya alertaba en Kazajstán del peligro que supone la "servil homologación" de la cultura occidental, cuyas connotaciones científicas y técnicas parecen fascinantes, "pero revelan, por desgracia, cada vez con más evidencia un progresivo empobrecimiento humanístico, espiritual y moral".

"Es ésta —continúa el citado editorial— la fragilidad que Occidente se resiste a reconocer". La tiene desde hace ya muchos años, desde que "se apropiara de los valores cristianos separándolos de su fuente, acosando a la Iglesia, rechazando a Cristo. Es sencillamente una fragilidad que nace de la dramática pretensión de querer realizar el bien del hombre prescindiendo de Cristo. Es la raíz del pecado original". Esta normalidad, que sólo es capaz de pensar en la guerra como respuesta a las crisis del mundo, ¿qué seguridad puede aportar? La seguridad no puede ser fruto de prepotencia alguna que trata de encubrir esa debilidad radical del origen. Es fruto de la victoria sobre ella, que hace así posible la auténtica normalidad de lo humano. Su nombre es Misericordia.