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Es difícil permanecer indiferente. Es imposible. El misterio que rodea la realidad de ser hombre resulta sobrecogedor. En medio de esta nebulosa contaminada, que es la vida, apenas podemos percibir con nitidez hacia dónde se dirige el camino. La destrucción de las Torres gemelas de Nueva York, en un despiadado ataque terrorista, se va a convertir lo es ya en un hito histórico que va a extender sus ramas mucho más lejos de lo que quisiéramos. Hemos percibido el zarpazo del mal en su pureza más concentrada. También aquí se esconde el hombre que somos todos y cada uno de nosotros. Llevamos colgadas de la piel posibilidades insospechadas. Éste es nuestro aroma y nuestro hedor, y no hay desodorante capaz de ocultar la sinrazón y el fanatismo que brota de vez en cuando al calor de nuestras propias decisiones.
En los últimos días me he detenido a contemplar y a meditar este acontecimiento sin par que abre las puertas del siglo XXI. Estoy sobrecogido. Cuesta entender que el hombre sea capaz de esto. Pero lo es, y sería irresponsable mirar hacia otro lado para ocultar lo evidente. El ser humano, ante acontecimientos así, no se cree merecedor de la confianza en sí mismo, como niño avergonzado incapaz de levantar los ojos. Es verdad que el hombre ha sido capaz de destruir las Torres gemelas de Nueva York, pero también es verdad que antes fue capaz de construirlas. ¿No habrá alguien que nos amenace con una descarga de esperanza y nos haga una transfusión de ideales ahora que el pulso de la calle apenas se percibe? Yo creo en el hombre. En ese hombre que se estremece en las entrañas, y siente escalofríos en la piel, cuando le llega una caricia perdida; en la mujer madre que contempla a su hijo pequeño, y sus ojos se inundan de gozo y de agradecimiento; en el joven solidario, que sueña un mañana compartido y no sabe conjugar el presente del verbo tener. A pesar de todo, yo creo en el hombre. En ese hombre paradójico, ángel y talibán, fanático y tierno, terrorista y misionero. Este hombre que somos tú y yo. Estamos aquí y esto se mueve. El mañana está al caer. Habrá de nuevo Torres gemelas y aviones fletados de vida surcando el cielo de nuestras posibilidades. No somos huérfanos. No estamos solos. El Espíritu de Dios sopla cada mañana y arrastra el polvo y los humos de las torres desplomadas en Nueva York, y su lluvia apaga las ascuas de nuestra mediocridad y hace germinar nuestros sueños. Me asusta el hombre solo, acorralado, cercado por el fanatismo de sí mismo, huérfano de amor e indiferente de Dios. Me preocupa el hombre encerrado en la torre de su orgullo amenazado por los talibanes del materialismo y sin alas para volar hacia la transcendencia. Un hombre enjaulado es un despojo. Un hombre acorralado deja de serlo. Un hombre amenazado busca las sombras para ocultarse. Es imprescindible, hoy más que nunca, creer en el hombre. Fr. Alejandro Fernández Barrajón |