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El revolucionario ha roto, en las más remotas profundidades de su ser, todo vínculo con el orden civil, con el mundo entero de los valores, de las convenciones, de las reglas morales. Es un enemigo implacable de este mundo en el que sigue viviendo sólo para poder destruir mejor. El revolucionario desprecia todo optimismo. Desprecia y se mofa de la moral social. Para él es moral todo lo que asegura el triunfo de la revolución. Criminal e inmoral, todo lo que retrasa su advenimiento. Es despiadado para con el Estado y la sociedad. (...) Entre ellos y él existirá guerra incesante e irreductible, a vida o muerte".
De Los demonios, de Dostoievski |