RetrocesoA&ONº 278/25-X-2001SumarioDesde la feContinuar
Falla la fe en el hombre
Parece fuera de dudas que el martes negro neoyorquino —como muchos medios de comunicación han dado en llamar a los brutales atentados terroristas del 11 de septiembre en Estados Unidos— se ha convertido en un luctuoso crespón que ya luce sobre la recién estrenada historia del siglo XXI y del tercer milenio. A la deplorable barbarie del terror sigue ahora un conflicto internacional de consecuencias no del todo previsibles. Vivimos días en los que la opinión se ejerce con frecuencia y grados de intensidad más altos de la medias habituales. Todos —es lógico— tenemos algo que decir sobre lo que ha pasado, sobre por qué ha pasado, sobre lo que va a pasar y, finalmente, sobre qué habría que hacer para que no pasase más.

No discuto el interés de las opiniones que se mueven exclusivamente en el ámbito de las estrategias políticas, militares, policiales, diplomáticas, etc., que —según el recto parecer de cada opinante— puedan ser lanzadas para animar el lógico debate social. Pero me gustaría llamar la atención sobre algo que, quizá por ser demasiado obvio, termina por perder protagonismo precisamente en el debate social. La solución de los males que aquejan a nuestra sociedad y que, en ocasiones, como el 11 de septiembre, la sacuden tan violentamente en sus propias raíces, no hay que buscarla exclusivamente en el respeto a las normas del Derecho internacional, en la promoción universal de los derechos humanos, en la aplicación de planes de cooperación entre países desarrollados y naciones del tercer mundo, etc. La seriedad impone una opción por la profundidad. Y entonces, es menester que aparezca en escena la reflexión filosófica y, más concretamente, antropológica. Lo que está en juego no es sólo la supervivencia física del hombre sobre la tierra, sino su desarrollo según los parámetros de una vida auténticamente digna.

Los políticos hablan desde hace años del welfare state. Y con razón: todos deseamos un Estado del bienestar. Pero nos resistimos a entender reductivamente el bienestar como el conjunto de elementos que se necesitan para el confort material de todos los individuos de la sociedad. Es muy antigua la toma de conciencia, después de la embriaguez ilustrada del progreso, de una preocupante desilusión: vivimos mejor, pero no somos más felices. Algo falla en el Estado del bienestar para que, a veces, rocemos el sarcasmo de encontrarnos casi en un Estado del malestar. Digo casi porque las cosas, lejos de radicalizaciones esquemáticas, tienen muchos matices. Pero, aun así, me parece que sigue siendo verdad que el impresionante progreso científico y tecnológico ha producido indudables beneficios a la sociedad, sin que por eso haya hecho desaparecer esta inquietante pregunta: ¿qué está fallando para que ocurran hechos tan brutales como los que han sobrecogido recientemente a la Humanidad?

Lo que falla es la fe en el hombre. Y reconozco que se trata de un diagnóstico paradójico. En tiempos en los que el fuerte vacío de Dios parece estar ocupado por el hombre (según la vieja aspiración de la izquierda hegeliana: para que el hombre fuera hombre, Dios tenía que dejar de ser Dios), resulta que el respeto por lo humano alcanza cotas ínfimas. El execrable fenómeno del terrorismo tiene un valor abrumador como prueba. Pero no sólo. El silencioso y continuo exterminio de niños en el seno materno, los brotes de xenofobia, el problema emergente de los malos tratos a mujeres, etc. no son fenómenos separables del terrorismo. Y esto no significa tomar un sesgo partidista ni, desde luego, mezclar planos en una ceremonia de la confusión. La coherencia del pensamiento es implacable. No podemos —no debemos— llorar a las víctimas de las Torres gemelas sin deplorar al mismo tiempo los miles de niños que mueren a diario por desnutrición en diversos lugares del planeta ante la distraída mirada de muchos poderosos, los que están sometidos a trabajos humillantes, el altísimo número de víctimas del aborto legalizado, y así podríamos seguir enumerando otras lacras sociales que están reclamando una urgente extinción.

Hace algunos años, el brillante ensayista británico C. S. Lewis habló en términos duros de la abolition of man. No pretendía dar tintes apocalípticos a su aserto; más bien, alertar serenamente a la sociedad de los peligros en los que incurría si seguía tozudamente transitando por los caminos del más puro individualismo. Ha escrito recientemente el filósofo Rafael Alvira que "la dignidad humana está en el servicio", y que "el servicio es la ayuda para vivir, y para vivir una vida mejor". Me parece que ahí está la clave. Tener fe en el hombre es ser consciente de la alta dignidad que le ha conferido Dios y de que ésta reside fundamentalmente en su capacidad de generosidad, de darse, de servir a los demás. Pero eso no se puede hacer de espaldas a Dios. La izquierda hegeliana no tenía razón. Sucede exactamente lo contrario. Para que el hombre sea hombre, Dios tiene que ser Dios. Y el hombre tiene que confiar en Él. Pero no de cualquier manera, sino seriamente.

Mucho se ha denostado en estos días pasados que pueda matarse en nombre de la religión. Y con razón. Pero eso indica que no basta acudir a la religión y creer en Dios para construir una sociedad digna. Es preciso entender bien a Dios. Sólo así entenderemos bien al hombre. Y el correcto entendimiento pasa por advertir que Dios ha hecho al hombre para amar, para salir fuera de sí, para servir a los demás. ¿Dónde está la pasión por una vida entendida como servicio en una legislación que permite la inestabilidad familiar, que es indulgente con la pornografía, que difunde a gran escala una mentalidad antinatalista, que exporta el impudor o promueve la promiscuidad sexual? La paradoja insalvable es que los mismos que asisten impávidos —si es que no lo promueven— al panorama apenas descrito, se rasgan las vestiduras ante el terrorismo, ante algunas formas de marginación o ante la corrupción en materia de justicia.

Luis de Bonald pensaba que todo hombre, lo quiera o no, está siempre ocupado en construir o en destruir la sociedad. Sólo abandonando el individualismo y recuperando la idea central de servicio construiremos la sociedad, una sociedad realmente digna de ese nombre, que no sea el frío resultado de un pacto entre individuos para su bienestar material, sino un auténtico sistema de servicios mutuos para el bienestar no sólo material sino espiritual, moral, de todas y cada una de las personas que la integran.

Manuel J. Cociña y Abella
Secretario General de la Academia de Historia Eclesiástica. Sevilla