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La teología liberal del siglo XIX le ha hecho un flaco favor a la obra de teatro Mesías, de Steven Berkoff, en adaptación de José Luis Gómez, que se está representando por estas fechas en el madrileño teatro La Abadía. No son sus mentores teológicos si de teología se puede hablar por el mero hecho de penetrar en el espectro de un Jesús de Nazaret tamizado en el paisaje de las pasiones y preocupaciones del hombre contemporáneo Schleiermacher, Harnack con su libro rojo, Strauss, Feuerbach, ni Loisy. Éstos hace ya muchos años que están superados en su propia nesciencia. Sólo cuando un genial y disparatado acercamiento a la figura histórica de Jesús de Nazaret, o del Cristo de la fe sin fe de los creyentes, vuelve a los escenarios, a la representación del arte por el arte y es innegable que mucho de esto hay en esta obra, resucitan en nuestra memoria estas viejas reliquias del pensamiento religioso occidental. Como dijo mi mujer cuando salíamos de la representación, "es curioso, no hacen más que despellejar a Cristo, pero no pueden vivir sin Él". Mi santa, en este caso, no estaba más que glosando algunas de las frases que se deslizan a lo largo del guión de una trama urdida por la inteligencia y habilidad de un carismático líder social y político de aquella primera época de la historia de una aventura que empezó siendo un juego, y en esta obra hay mucho de los juegos del lenguaje de cierto postestructuralismo marxista. A saber, escuchamos frases como las siguientes: "Su misma existencia pone en peligro nuestra situación"; "los dioses los hacemos los hombres"; "si hubiera sabido lo que puso en marcha..."; "los testigos mueren, pero las leyendas continúan"; "la clave está en la resistencia"; "se requieren, para esta historia, grandes dosis de estrategia". |
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El desarrollo narrativo bebe de las fuentes más clásicas de la acción humana, de las tragedias griegas, con un coro omnipresente que amplía el eco de las profundidades de un subconsciente argumental. La puesta en escena se hace en un clima de identificación religiosa, en una liturgia laica de elementos religiosos, que sabe muy bien aprovechar las modas de la fascinación por lo oriental. La interpretación está a la altura del texto, excepto en el figurante porque es poco más de Jesús, que es literalmente engullido por la dinámica de la propia obra. Hay demasiadas palabras soeces, demasiados tacos, pero ya saben que para gustos, colores. En conjunto se hace un notable esfuerzo de establecer una permanente corriente de implicación de un público que, por el objeto de la representación en sí, no se aleja ni un sólo momento de lo que en el escenario se está haciendo y diciendo.
Si nos adentramos en los procelosos mares de la obra, descubrimos el engaño de una trama montada sobre una incoherencia, algo más que lógica. Nadie al fin y al cabo éste es parte del salto argumental de la fe nos explica cómo un inteligente embaucador, que ansía como cualquier otro hombre el prestigio, la fama y el poder, y que es capaz de planificar una estrategia política y social que le conduzca a la consecución de sus intereses, fracasa en su planificación por causa de la no muy certera contribución de sus discípulos, y sin embargo, hoy, día tras día, seguimos teniendo a su persona y su mensaje como referencia vital e intelectual. No sé lo que dirán los señores Antonio Piñero, Puente Ojea, Sánchez Dragó, Marciano Vidal, Fernando Savater y Juan José Tamayo en la primera sesión del Foro Abadía sobre El mensaje ético de Jesús ante el nuevo milenio. Yo digo con Rousseau: "Si la vida y la muerte de Sócrates son las de un sabio, la vida y la muerte de Cristo son las de un Dios". José Francisco Serrano |