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Hoy la gente presume de ser transgresor, pecador. ¿No lo han comprobado? No está bien visto aparecer como cumplidor, virtuoso o cuidadoso con los mandamientos de Dios o los postulados de la ética. Se piensa que personas así son un poco hipócritas, pues hoy no se busca la virtud por sí misma. Jesús también afirma en la famosa parábola de hoy que el publicano/pecador bajó a casa justificado, y no el fariseo. Pero, ¿qué ha hecho mal el fariseo? ¿Qué ha hecho el publicano para reparar la culpa que confiesa en el templo?
¿Habrá querido decir Jesús que la virtud y las buenas obras son inútiles? De ningún modo: eso sería un disparate. Lo que Jesús rechaza no es la virtud del fariseo; rechaza otra cosa. Ya comenta el evangelista que Jesús dijo la parábola "por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás". Lo cual indica que Él toma los rasgos de la parábola de la vida cotidiana de Palestina. No tiene su origen, pues, en una malquerencia de Cristo hacia los fariseos. Hay en la parábola un colorido palestinense: los dos hombres suben al templo, bajan a sus casas, expresiones ambas que se explican perfectamente en el marco de Jerusalén; el lugar del templo está en un alto, rodeado de valles por tres de sus lados, y la ciudad toda puede decirse que está más baja con relación a él. Además, por los datos conservados en fuentes judías como el Talmud, referidas a los fariseos, es claro que Jesús no ha caricaturizado la figura del fariseo orante. En su necesaria relación con los fariseos, Jesús había comprobado que, al anunciar el reino de Dios, muchos se escandalizaban, sobre todo, de la atención que dedicaba a los pecadores. Si alguien merecía la venida del Reino que predicaba Jesús, ¿no eran ellos, los que guardaban la Ley, "ayunan y pagan el diezmo de cuanto poseen"? Y no les convencía la respuesta dada tantas veces por Jesús tampoco a nosotros: "No son los sanos quienes tienen necesidad de médico, sino los enfermos". Repito: Jesús no rechaza la virtud del fariseo; rechaza su suficiencia y su desprecio a los pecadores que le convierten a él a su pesar en un pecador más sutil, porque, creyendo conocer a Dios, está tan satisfecho de su virtud, que en el fondo cree no necesitarle, y es impenitente. El pecador, en cambio, que se acerca a Dios con el corazón destrozado no cualquier pecador, está más cerca de la verdad y agrada más a Dios. "Por eso os digo que éste bajó a su casa habiendo hallado gracia, y el otro no". + Braulio Rodríguez Plaza |