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Ciertas experiencias y ciertos modos de percibir la vida y el mundo ayudan a realizar acciones socialmente aceptables y encomiables, en vez de otras inaceptables y violentas. Éste es el escenario en el que situar el estudio de los comportamientos, también los que no son noticia o no atraen a una opinión pública sedienta de extremos y excesos.Creer en Dios y, por tanto, sentirse parte de una historia que se enlaza también a una ciudad del cielo, además de a la de la tierra, tiene una importancia significativa a la hora de dirigir nuestras acciones hacia el bien. Puede parecer extraño mi interés, teniendo en cuenta que yo no creo, si bien siento un grandísimo respeto por quien cree y, de hecho, querría creer; recordando el triste pensamiento de Pascal: "No es suficiente querer creer para creer", que testimonia la experiencia de que no depende sólo de quien quiere encontrar a Dios, sino también de Dios, que tiene que hacerse vivo. ¿Qué significa creer según los parámetros de la lógica del mundo? No pienso, ante todo, que sean dimensiones en contradicción, sino que se puede, en palabras de un gran Papa, aspirar a transformar el mundo primero en humano, y, luego, de humano en divino. |
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Creer en Dios significa disminuir enormemente el narcisismo y el egocentrismo, aquella necesidad de ponerse en el centro de la atención y de reconducir a uno mismo y sólo a uno mismo cada significado y todo el significado de la vida y del mundo. Si creo en un Dios, creo necesariamente que mi yo depende de Él y, por tanto, que no podré imponerme o emplear mi tiempo en un homenaje a mí mismo. Si creen no pueden ser narcisos, porque gozan más no mostrándose a sí mismos, sino a aquel Dios que quisieran compartir.
El creer permite separar mejor el narcisismo de la autoestima que, de hecho, al creer aumenta, porque existe la conciencia de un valor todavía más alto que lo humano. Hay quien, al entrar por la mañana en la oficina, no saluda y pretende ser saludado, y quien en cambio encuentra placer en saludar y en transmitir una sonrisa que no tiene nada de especial, pero comunica una percepción de sí y del mundo. Cierto que toda creencia en Dios tiene sus propias especificidades, y el Dios de Abraham, Isaac y Jacob presenta dos provocaciones que parecen disparatadas. La primera es la de pedir a los creyentes que perdonen al enemigo; una petición totalmente contra natura, ya que ésta pone la lucha contra el enemigo como fundamento de la supervivencia y de la vida en esta tierra. La segunda revolución es mostrar al mismo Dios en la cruz, y no en la forma de un poderoso sentado en un trono de oro, sino clavado en una cruz sanguinolenta; una creencia que no puede, en absoluto, pensar en obtener ningún poder sobre la tierra, y que no puede, ciertamente, elaborar estrategias de victoria con armas y odio. En resumen, un Dios que enseña sólo a amar. Un Dios increíble en el que creer. A lo que nos reclama es a creer en Dios, la expresión más fuerte y extrema del creer, si bien tienen una función análoga también las ideologías, que colocan por encima del propio yo la exigencia de los derechos de igualdad y de justicia; dimensiones que realmente están en contra de todo individualismo extremo. El caso que ahora voy a recordar ilustra lo que es creer en un Dios, y no se trata de un caso pequeño y escondido, sino grandioso a mi modo de ver: el de sor María Laura Mainetti, la monjita que, llamada de noche para socorrer a una chica que le había dicho que esperaba un hijo y necesitaba ayuda, fue rápidamente y se encontró con tres muchachas que le habían engañado y que la mataron. Una mujer que gozaba ayudando en lugar de haciendo el mal, y estoy seguro de que, creyente como era, se alegró de haber ido, aunque fuera en balde, y para encontrar la muerte. El deseo de dar es hermosísimo. Si cada uno de nosotros supiera el gozo que proporciona, comprendería a esta mujer y no la consideraría una víctima. Creo que esta monja ha vivido bien, y ha conocido gozos extraordinarios. El gozo de darse a los demás sin importar si mucho o poco. Entre dar y quitar, amar o juzgar, la diferencia es abismal: por medio hay una creencia. Vittorino Andreoli |