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J. C. RomaLa cúpula de Miguel Ángel de la basílica de San Pedro del Vaticano se convirtió, el domingo pasado, en testigo imponente de un acontecimiento sin precedentes en la historia de la Iglesia: Juan Pablo II elevó conjuntamente a la gloria de los altares a un matrimonio, Luigi Beltrame Quattrocchi (1880-1951) y María Corsini (1884-1965). Concelebraban la Eucaristía con el Pontífice dos de sus hijos, Filippo y Cesare. La hija más pequeña, Enrichetta, se encontraba entre los peregrinos que abarrotaban el templo más grande de la cristiandad. El Santo Padre, durante la homilía, explicó el motivo principal que ha llevado a la Iglesia a presentar esta pareja como modelo: vivieron "una vida ordinaria de manera extraordinaria". "Estos esposos vivieron a la luz del Evangelio y con gran intensidad humana el amor conyugal y el servicio a la vida. Asumieron con plena responsabilidad la tarea de colaborar con Dios en la procreación, dedicándose generosamente a los hijos para educarlos, guiarlos, orientarlos, en el descubrimiento de su designio de amor". |
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"Entre las alegrías y las preocupaciones de una familia normal aclaró, supieron realizar una existencia extraordinariamente rica de espiritualidad. En el centro, la Eucaristía diaria, a la que se añadía la devoción filial a la Virgen María, invocada con el Rosario rezado todas las noches, y la referencia a sabios consejos espirituales".
Luigi llegó a ser nombrado Vice-abogado General del Estado italiano. Fue amigo personal de muchos de los políticos que, tras la segunda guerra mundial, impulsaron el renacimiento de Italia después del fascismo de Mussolini, como Alcide de Gasperi, o Luigi Gedda. Maria, era profesora y escritora de temas de educación, comprometida en varias asociaciones, como la Acción Católica Femenina, y apasionada de la música. Al final de la ceremonia, uno de los hijos de los nuevos beatos, Cesare, que a sus 92 años bien llevados es monje trapense con el nombre de religión de Paolino, recordaba para Alfa y Omega que la vida cristiana de sus padres no tenía nada de beata: "Todo se vivía en un clima de serenidad, de hospitalidad, amistad, de diversión, vacaciones y bicicletas. Pero lo más extraordinario es que supieron santificarse viviendo la vida ordinaria". Enrichetta, la hija menor, consagrada laica, de 87 años, asiente: "Nos dieron desde los primeros años de la infancia el don de una educación cristiana, sin altares ni devociones particulares: en el fondo, nos transmitieron el amor de Dios en María". Era una familia abierta a los necesitados. Durante la segunda guerra mundial, por ejemplo, su piso en Roma se convirtió en centro de acogida y de alojamiento para refugiados. La beatificación se convirtió en el momento culminante de la Fiesta de la Familia, que organizó el fin de semana pasado la Iglesia católica en Italia, al cumplirse los veinte años de la publicación de la exhortación apostólica Familiaris consortio, el documento sobre la vida matrimonial más importante escrito por Juan Pablo II. En medio de un mundo atenazado por el miedo a los atentados y la violencia, Juan Pablo II presentó, al concluir esta beatificación, la familia como esperanza para el mundo, "pues se funda sobre la recíproca confianza y sobre la fe en la Providencia". |