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En la hora actual no faltan, por desgracia, situaciones amenazadoras, que provocan ansia en toda la Humanidad. Con profunda tristeza recibo las dolorosas y preocupantes noticias de Belén, así como de las ciudades de Beit Jala y Beit Sahour. La guerra y la muerte han llegado incluso a la plaza de la basílica de la Natividad de Nuestro Señor. En nombre de Dios, repito una vez más: para todos la violencia no es más que un camino de muerte y destrucción que deshonra la santidad de Dios y la dignidad del hombre. Expreso a las familias víctimas de la violencia mi cercanía en el dolor, en la oración y en la esperanza. Ellas tienen el don de vivir en la Tierra Santa para judíos, cristianos y musulmanes. Todos deben tener el compromiso de hacer que sea finalmente tierra de paz y de fraternidad. Ante estas tensiones negativas que se manifiestan en el mundo, la Iglesia responde reforzando el compromiso por anunciar a Cristo, esperanza del hombre y del mundo. En esta misión de esperanza, un papel de primer orden es confiado a las familias. La familia, de hecho, anuncia el Evangelio de la esperanza con su misma constitución, pues se funda sobre la recíproca confianza y sobre la fe en la Providencia. La familia anuncia la esperanza, pues es el lugar en el que brota y crece la vida, en el ejercicio generoso y responsable de la paternidad y de la maternidad. Una auténtica familia, fundada en el matrimonio, es en sí misma una buena noticia para el mundo. (21-X-2001) |