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Vine a España en 1989 como becado de la Escuela Normal Superior y dos meses después tuve problemas y caí preso. A partir de ahí me sumergí en un mundo totalmente desconocido y diferente. Un mundo que rechazaba. Se cargó mi corazón y mi ser de odio, venganza, rencor. Estuve mucho tiempo en prisión hasta que llegó un momento en que tuve mi efusión particular del Espíritu. Jesús visitó mi celda a través de una monjita que daba cursos bíblicos, en la cárcel de Soto del Real. Es Hermana de la Caridad, sigue trabajando en varios complejos penitenciarios, se llama María Luz, es una gran persona y mi madre espiritual. Este acontecimiento fue un punto de inflexión dentro de mi vida, y fue el inicio de un proceso de sanación que sigue aún hoy y seguirá toda mi vida. Podría decir que me fue guiando el Espíritu Santo. En la prisión iba a misa, pero era un compromiso con los amigos voluntarios. Pertenecía a una logia masónica, la Rosacruz, y allí, entre otras cosas, lo que habían fomentado era el cultivo de mi ego y mi orgullo. Me decía: "¿Qué hago yo en la Iglesia católica si no me pueden enseñar nada?" En un momento de meditación dentro de la práctica de esta secta, se me ocurrió preguntar directamente a Cristo: "¿Tú quieres que yo vaya al curso bíblico?" En ese momento se inundó toda mi celda de una luz brillante y entendí que era un sí.Unos veinte días antes de salir de prisión, me dieron un permiso de tres jornadas completas, en las que decidí hacer Ejercicios Espirituales. Eran los primeros de mi vida. Me encontré allí con unas personas encantadoras del grupo de la Renovación Carismática Católica, que se llama Maranatá, y ahora es donde hago mi crecimiento comunitario. Hasta ese momento de salir de prisión el problema era romper con ese mundo. Hice varios intentos. Levanté una empresa de formación de empresarios en marketing e idiomas. Pero el director hacía cosas que iban en contra de la ley. Salí de allí y me marché con un amigo del que descubrí que tampoco tenía las manos limpias. Se me ocurrió llamar a un amigo que conocí cuando estaba en la cárcel y que trabajaba en Apromar. Le pedí que me acogieran en la asociación como uno más, como un acogido, hablé con la presidenta, doña Ángeles Pérez Guerrero, y así fue. Comencé los trabajos de formación, me puse a trabajar en una carpintería para ocupar el tiempo. Después de un tiempo, uno de los pisos de Apromar se tuvo que cerrar por falta de voluntarios que se ocupara de él. Ángeles necesitaba a alguien de confianza y me llamó, se volvió a abrir el piso y, desde 1997, me incorporé como monitor. Ahora soy el responsable de la estructura comunitaria. Es un caminar difícil. A veces estuve a punto de dejarlo, pero el Señor me iba diciendo, con las pinceladas pedagógicas que las llamo yo, que era mi sitio. Superar el rechazo hacia ese mundo sólo podía venir estando ahí. |
| UNA SOCIEDAD CON PREJUICIOS
La sociedad tiene prejuicios sobre los presos y los drogadictos que pueden ser entendibles, pero no todos están justificados. Desde que estoy aquí me he dado cuenta de que, generalmente, la persona, cuando tiene lo esencial, está tranquila y no busca problemas. Al tener cubiertas las necesidades básicas de alojamiento y comida, existe un colchón de seguridad para empezar a trabajar con ellos. Les mostramos la confianza del que ayuda desde un plano de igualdad. No hago nada diferente a ellos, no preparo garbanzos para ellos y caviar para mí. Tenemos una autoridad que se reconoce y sabemos usar, pero se hace desde la confianza a la persona que ha experimentado una situación de reclusión. Nuestro estilo educativo se basa en la cooperación, la pedagogía de la participación. Las decisiones las tomamos en común entre los responsables y los residentes, en quienes vemos a hijos de Dios, sin quedarnos en la superficie de las conductas aisladas: si es drogadicto, sin techo, o marginado. Intentamos que las personas acogidas puedan ser independientes, y para eso les enseñamos todo lo que signifique poder valerse por sí mismos, como puede ser arreglar su casa, aprender a cocinar, lavar, comer juntos, como en una familia, tener valores familiares, valores de la misma sociedad, acoger esos valores y normas y aceptarlas; sobre todo, disfrutar de los derechos que los asisten, porque muchos, cuando salen, no tienen carné de identidad aunque son españoles, no están inscritos en la Seguridad Social. Les ayudamos a conseguir los papeles legales, el subsidio de excarcelación y todos los recursos sociales que poseen. Apromar trabaja dentro de los equipos de Caritas y está reconocida como asociación de utilidad pública. Además de los donativos que recibimos, nuestra única financiación proviene de cuatro parroquias madrileñas. Muchos meses nuestra cuenta está a cero y tenemos que hacer frente a los pagos y gastos de la compra, pero siempre el Señor manda un donativo que nos saca de apuros. La labor que ejerzo es mi misión. Conociéndome, no me hubiera imaginado estar trabajando en un sitio como éste, y prácticamente dejar mi formación. En momentos en que tengo motivos para preocuparme, para hacer frente a la familia que tengo en Camerún, porque estoy trabajando y no gano nada al estar en régimen de voluntariado, en esos momentos de dificultad, en la oración siempre el Señor me da una respuesta. Cuando hablo de ellos con el Señor, veo que antes de ser mi madre, mi hermana, mi sobrino, son hijos suyos y me tranquiliza. Y vamos saliendo adelante. |