RetrocesoA&ONº 271/6-IX-2001SumarioAqui y ahoraContinuar
España, a la cola en el índice de natalidad
¿Políticamente incorrecto?

Ningún partido lo sacó a relucir en el debate sobre el estado de la nación, si bien el tema se ha desbloqueado desde hace pocos años, pues se acepta ya oficialmente, como algo ineludible, el desierto demográfico a que España se encamina aceleradamente a comienzos del siglo XXI. Ahora el Instituto Español de Estadística informa puntualmente que, en relación con el año 2000, seguimos figurando en el último puesto del índice de natalidad entre los países de la Unión Europea, y, asimismo, entre los últimos del mundo; estamos por debajo del uno, cuando el índice de supervivencia de un país se coloca habitualmente en el dos coma uno.

Sobre tales datos estadísticos, las prospecciones de futuro difícilmente pueden ser optimistas. Así, ni en el cálculo de necesidades educativas (prosigue el cierre de aulas de primera y segunda enseñanza; el descenso ha llegado alarmantemente a la Universidad, y en este último curso 2000-2001, hay centros que sólo han recibido la mitad de los alumnos esperados), ni en las previsiones sanitarias (construcción urgente de hospitales geriátricos, y cierre de casas-cuna y hospitales infantiles), ni en el asistencial, especialmente en lo relativo a las pensiones (cada vez un menor número de trabajadores en activo deberá soportar a una población creciente de jubilados), pueden mantenerse los cálculos de las necesidades sociales que se hacían, por ejemplo, durante la transición para la población española.

En el presente año la prensa ha echado las campanas al vuelo por algún leve repunte en el saldo neto de población, debido, probablemente, al aflujo de inmigrantes y a la mayor fecundidad de estas familias; pero tal repunte apenas si ha supuesto elevar en alguna décima el índice medio de natalidad, circunstancia que, sin embargo, parece haber permitido franquear la mítica cifra de cuarenta millones de habitantes a nuestro país.

Me parece, sin embargo, que falta algo a estas frías estadísticas de población. Junto al número de nacidos, creo que deben también contabilizarse, en doble columna, los abortos legalmente autorizados durante el mismo período (un promedio anual de entre treinta y cuarenta mil). El lector imparcial podría fácilmente conocer el número de españoles que podían haber nacido y se lo ha impedido la ley. La bondad de cualquier ley se califica especialmente por sus resultados, por su eficacia para ordenar la sociedad. Cabe asegurar que, desde la entrada en vigor de la ley del aborto, de no haber sido por su aplicación, España tendría hoy alrededor de 41 millones de habitantes; en tal hipótesis, se hubiera seguido teniendo asegurado su puesto de trabajo, y en fecha próxima las ofertas de trabajo podrían, al menos en parte, cubrirse con mano de obra española. ¿Se puede serenamente sostener que la ley despenalizadora del aborto en ciertos casos ha sido beneficiosa para nuestra sociedad? ¿Ha contribuído al bien común de todos?

REALIDAD MANIPULADA


Me temo que difundir esta estadística seguirá siendo políticamente incorrecto, y que ningún comentarista trate de confrontarla con la otra, ni, por supuesto, extraerá conclusiones operativas. Los datos sobre los abortos anualmente practicados en España aparecen en la prensa en lugares secundarios, y apenas sin comentarios. (Me pregunto: ¿es que el aborto ha sido asimilado y digerido ya por la sociedad española; o, más bien, es que se trata de seguir manipulando la realidad?)

Sigue siendo tabú explicar que todo aborto es una forma de ejecutar a un ser humano, cualquiera sea el procedimiento físico o químico de realizarlo; y, si saludablemente nuestra sociedad aparece últimamente muy sensibilizada sobre la pena de muerte, muy pocos han recordado que ninguna forma de practicar el aborto resulta indolora para el feto; que éste sufre física y píquicamente; que, por tanto, en cualquier mal llamada interrupción legal del embarazo, se ocasiona siempre tortura a un ser humano, hay violencia máxima ejercida contra alguien totalmente indefenso. Y que, si es bueno enseñar los derechos humanos a los niños, no conozco a nadie, hasta ahora, que se atreva a explicar y a defender ante ellos la legalidad del aborto, porque ellos no lo pueden entender.

Todo ello explica que la proyección y difusión del documental El grito silencioso haya sido, a su vez, silenciada en España, ¡por ser políticamente incorrecto!

Gabriel García Cantero