RetrocesoA&ONº 271/6-IX-2001SumarioAqui y ahoraContinuar
Sobre los transplantes

Recientes artículos de prensa han denunciando los secretos del funcionamiento administrativo de los transplantes de órganos. Cita expresamente a la ONT, y descubre su autor lo que resultaba sospechoso al haberse convertido dicho centro en una organización demasiado poderosa.

El autor, centrándose en la administración burocrática del tema, deshace el argumento del altruismo y solidaridad que tanto se invoca, como si fuera la base moral suficiente para tamaño quehacer. Y la referida organización se muestra orgullosa de que España sea el país donde los transplantes autorizados por las familias alcanzan mayores cifras.

Pero la peligrosidad del proceso tiene un origen que forma parte de la raíz misma del hecho. De un lado, el transplante sólo es eficaz, y tanto más, cuanto más rápidamente se hace a partir del momento de la muerte. Y por otro, ese momento no puede fijarse con seguridad nada más que cuando aparecen signos de descomposición. Y, al aparecer dichos signos, el transplante se convierte en una operación inútil. La medicina nos dice que fuera del rigor mortis -la rigidez cadavérica- ningún signo asociado con la muerte es concluyente por si solo para asegurarnos de que ésta se ha producido. Es el conjunto de indicios, y entre ellos como esencial el referido rigor, lo que permite asegurar el fallecimiento. Y el definitivo, como acabamos de decir, es incompatible con la eficacia del transplante por el tiempo que hay que esperar a que se evidencie.

La Ley del Registro Civil prohíbe dar licencia de enterramiento sin que se constate la aparición de estos signos indiscutibles y encomienda, en casos de duda, al encargado del Registro el examen por sí mismo del presunto cadáver. Y éste es el drama invencible de esta moderna técnica tan en auge en nuestros tiempos. La eficacia exige aproximarse tanto al momento de la muerte que, llevados de esas prisas, demos por muerto al que no lo está. La ley habla de dos encefalogramas planos en un espacio de 7 horas. Tampoco es método concluyente, porque lo que parece plano puede no serlo. En suma, el transplante ha de hacerse sobre cuerpos calientes, que pueden no estar muertos. El cardenal Ratzinger, al opinar sobre el tema en nombre de la Iglesia, utilizó la frase cadáveres calientes, que por ser calientes pueden no ser cadáveres.

LO QUE NO SE CUENTA


Y como en la muerte se piensa muy poco, millares de familias se ven sorprendidas en momentos en que o saben reaccionar por la argumentación interesada y no siempre altruista de estas obras tan benéficas en apariencia. El altruismo y la caridad deben aplicarse en primer lugar al moribundo y no convertirse en un argumento efectista para conseguir donaciones.

Se cuentan las vidas que se salvan con los transplantes y no se cuentan si algunas podrían salvarse con una negativa familiar a tiempo. El estado de coma ha dado y dará grandes sorpresas, siendo espectacular y reciente la de José Mario Armero, que resucitó al cabo de varios meses de respiración asistida, asistencia a la que puede ponerse fin con una firma precipitada y anticipada de unos familiares debilitados por la angustia del momento. El caso de Armero se hizo público por la notoriedad de la persona. Muchos otros pasan inadvertidos y, en muchísimos casos, la resurección se produce a las semanas, no a las horas de espera bajo respiración mecánica.

Analicemos en detalle las precauciones legales nacidas como medio de resolver el problema de la rapidez que exige el transplante. Se impone la obligación de efectuar en el comatoso dos encefalogramas en el espacio de siete horas; si ambos son planos se tiene por muerto al enfermo. Si se necesitan dos es que no basta con uno. Y si se imponen siete horas es que no sirve con seis. El autor médico de estos criterios, convertidos en ley, puede enfrentarse con otro facultativo que piense que debieran ser tres pruebas con intervalos de quince horas, para estar más seguro . Ello equivale a aceptar como muy probable la muerte, pero también como posible la vida. No se puede encontrar con seguridad el número y separación de encefalogramas que constituyen el equilibrio entre el mínimo exigible para estar seguros de la muerte y el máximo necesario para estar seguro de la eficacia del transplante. Lo cual nos conduce a la conclusión dramática de que la vida o la muerte se decide mediante el cálculo de probabilidades. Y por la ley de los grandes números, habida cuenta de los miles de transplantes que se efectúan, se acepta como prácticamente cierta la existencia de transplantes en vivo.

Los familiares llamados por los representantes de la ONT en clínicas y sanatorios deben negarse a todo diálogo con ellos cuando se les pida la autorización. Deben responder que sólo cuando conste la muerte de manera cierta por los indicios de toda la vida pensarán si dan o no la autorización. Quienes se dejan o dejaron sorprender por esa pregunta pueden echar sobre sus vidas una cruz perpétua.

SÓLO CON AUTORIZACIÓN PREVIA


Notable circunstancia y signo posible del poderío de los transplantadores se observa en la indiferencia generalizada ante el fenómeno descrito, esto es, sobre el fin de la vida a la hora del despiece humano y el exquisito cuidado y continua controversia cuando se trata del aborto, la eutanasia y la clonación. Y tan misterioso e incierto es el momento del nacimiento como el de la muerte, salvo que para ésta se acuda al rasgo incontrovertible de la descomposición. El no y el sí al aborto se plantean de una u otra forma según se acepte cual es el momento del nacimiento. La eutanasia se acepta o rechaza según se crea o no en lo irreversible o reversible de un estado de coma. En el fondo, el problema es el mismo que el referente a los transplantes. No quisiéramos pensar que el silencio generalizado ante los transplantes tuviera que ver con la posibilidad, que no se da en la eutanasia, del nacimiento de intereses inconfesables.

Los éxitos en la práctica de los transplantes son visibles, cuantificables y aireables. Los errores, aunque fuera de uno por un millón, son posibles, y quedan sepultados, nunca mejor dicho, en el silencio y la impunidad técnica. Si José María Armero no hubiera sido gamoso y poderoso, probablemente no se le hubiera permitido tanto tiempo de espera bajo ventilación mecánica. Si Tomás de Kempis, el famoso autor de La imitación de Cristo, no hubiera muerto en olor de santidad, no se habría descubierto nunca lo que se comprobó al exhumar por mandato canónico sus restos: lo habían enterrado vivo.

La conclusión fundamental es que, aparte del consejo dado a los familiares, el transplante debe sólo aceptarse en casos de autorización previa y escrita del donante y en accidentes en los que la muerte puede ser evidente a los pocos minutos de producirse.

Estas reflexiones tienen su origen en experiencias directas personalmente vividas.

Manuel Funes Robert
Abogado y economista