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Me han dicho los jefes que ponga cara sonriente y que diga que estoy encantado de volver al trabajo, mostrándome dispuesto a comerme el mundo». Así acaba de saludar a sus oyentes, al regreso de las vacaciones, un conocido periodista, el cual añadía: Desde luego que no es verdad, pero estoy dispuesto a la impostura. Quizás este irónico saludo le parezca simpático y gracioso a más de uno, pero en realidad manifiesta bien claramente la violencia con que la cultura dominante cercena el auténtico deseo del corazón, porque en definitiva le tiene miedo. Tras las vacaciones de agosto, que deseamos de corazón hayan sido serenas y fecundas para nuestros lectores, retornamos a nuestra cita semanal, de la mano amiga de ABC, con el propósito de seguir mirando a la vida sin miedo a ese deseo del corazón, que no puede conformarse con menos que el infinito.
La Iglesia, experta en humanidad , no tiene miedo alguno a ese deseo de vivir, y vivir en plenitud, que nos constituye, y por eso, desde luego, no está dispuesta a impostura alguna. Si propone No pierdas tus vacaciones, como recordábamos en nuestro último número antes del descanso veraniego, es precisamente porque su propuesta es No pierdas tu vida, incluido el largo tiempo del trabajo reanudado. Si las vacaciones significan huir de un peso desagradable, no esperemos que hayan podido proporcionar alivio alguno verdadero. Lo expresa bien la genialidad de Mingote que ilustra esta página. Ya recordamos las palabras del Papa advirtiéndonos de la tentación de hacer del tiempo libre un tiempo de reposo de los valores, y añadíamos que, en el verano los valores están en reposo, es porque lo están también en el resto del año, y entonces se cumple inexorablemente la predicción que citábamos del personaje de C.S. Lewis, en una de sus Cartas del diablo a su sobrino, sobre el que cae en esta tentación: Hará tantos sueños maravillosos, que nos lo restituirán en septiembre más tonto que nunca. |
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Y más destruido. La verdad, y no el instinto, es lo que hace libres a los hombres. Vivir como si la verdad no existiese -la propuesta de la cultura dominante seguida ciegamente- no puede por menos que generar destrucción y muerte. Ahí está poniéndolo de manifiesto el terrible sida, tema al que dedicamos nuestras páginas de portada. No se trata sólo de un problema de sanidad, le escribe el Papa Juan Pablo II al Secretario General de la ONU; y añade que la infección tiene consecuencias dramáticas para la vida social, económica, política de las poblaciones. A la naturaleza, ciertamente, no se la engaña, y jugar con ella, que eso es no aceptar la realidad tal y como es, manipulándola a capricho, como propone cada día la cultura dominante, por mucho que a este juego se le quiera revestir de falsa libertad, es altamente peligroso. A la vista están las consecuencias, que si son tremendas en los cuerpos, ¡cómo serán en las almas! El deterioro empieza con el progresivo debilitamiento en el amor a la verdad. Con ser preocupante la promiscuidad a que conduce la cultura dominante, origen del sida y de tantos otros males que hoy proliferan, más lo es su deletérea aceptación creciente e irresponsable por personas y ambientes de los que cabría esperar y exigir lo contrario. Dando la espalda a la verdad del hombre, todo intento de poner remedio al sida termina por agravarlo más aún. Sólo hechos, fieles a la realidad, pueden remediarlo, no la demagogia de palabras vacías, encubridoras de la mentira que acaba por destruir todo lo humano, en tiempo de trabajo como de descanso. Sólo desde la verdad del amor humano, que no se puede confundir con sucedáneos letales, se atajará el sida, y tantos otros males que se quieren esconder bajo la impostura a que aludíamos al comienzo de este comentario. Es la Iglesia, no los que predican el uso de los preservativos -curiosamente obedientes a muy poderosos intereses económicos-, quien sigue afirmando, con su magisterio , su compromiso al lado de los enfermos de sida -como escribe Juan Pablo II en la citada carta a Kofi Annan-, el valor sagrado de la vida. Al final, de lo que se trata no es de otra cosa que de perder o ganar la vida. |