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Los anuncios en el metro de Madrid nos lo recuerdan: que el koala ya está aquí. En el Zoo, claro está. Vino escoltado, con medidas de seguridad. Acompañado por cuidados médicos, es decir, veterinarios. Con billete aéreo preferente. Los demás pasajeros se enteraron de su presencia cuando empezó a oler en el avión a hojas de eucalipto, su menú preferido. Se anunció, entonces, un referéndum entre los niños para bautizarlo con un nombre. Desde luego que resulta educativo el respeto a los animales, el conocimiento y la estima por todas las especies. Pero eso mismo contrasta cuando no se gasta otro tanto en publicidad para la estima de los seres humanos. No sólo de los que esperan nacer, sino también sobre tantos niños recién nacidos, abandonados de sus propios padres, y otros ya más mayores, de quienes nadie responde y ha de encargarse de su propia potestad el servicio correspondiente de cada Comunidad Autónoma. Me apura pensar que, mientras con ese animalito especial -como con otros muchos en éste y en otros zoos- se derrocha dinero alegremente para recoger dinero con mayor alegría, muchos niños del mundo, llamados niños de la calle , no tienen cueva ni jaula ni cuidadores. Otros, llamados niños de la guerra aprenden a matar y luchar con armas antes que a respetar la dignidad de cualquier persona y construir la ciudad. En el tercer mundo, niños a montón siguen muriendo de hambre y, en el primer mundo, niños a miles se mueren de pena. Y todos y cada uno tienen un nombre, aunque no tengan una familia. Es hermoso pensar en los niños cuando se divierten en el zoo y cuando aprenden de cerca la zoología viva. Pero ¿no es triste pensar en quienes no podrán sonreír, porque se les da muerte antes de nacer, o en quienes han sido abandonados por los mismo que debían acogerlos en una vida digna, porque algunos padres no pueden y otros no quieren? |
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Cuando un animal famoso se pone enfermo o triste, especialistas, los mejores, vienen desde donde sea para sacarlo de su mal o de su depresión, sin cuestionar los gastos. En cambio, ¿cuánto se dedica a la investigación de enfermedades infantiles? Y ¿cuánto a la atención de los niños abandonados? Hoy, más que nunca, presumimos de solidaridad. Y hasta de sensibilidad humana. Pero sigue la desproporción, pese a la apariencia. Por eso, estos hechos deberían hacernos reaccionar a todos los que formamos la ¿familia? humana y a quienes hemos comprometido nuestra vida en el amor mismo de Dios. Por sólo una única razón, porque Él nos amó primero, con amor de Padre. Dejemos, pues, que el Espíritu Santo se adueñe de nosotros de tal manera que nos transforme y nos vivifique y, allí donde estemos, seamos expresión viva del amor del Señor, de su ternura y de su bondad. Soledad del Álamo Fernández-Layos |