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No puede decirse que el mes de agosto haya sido precisamente de descanso para los atizadores, de dentro y de fuera, de la sistemática orquestación polémica contra la Iglesia: Con decir Milingo, Gescartera, profesora despedida, o secreto de confesión, es suficiente, y el lector me entiende de sobra. No tiene nada de nuevo ni de sorprendente. Lo preocupante sería que todo fuera como una balsa de aceite. Resuenan y seguirán siempre resonando en la Iglesia, las palabras del Señor: a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros... Lo cual, naturalmente, no quiere decir que lo que muchos editorialistas, columnistas y comentaristas dicen y escriben sea verdad. No lo es; y, como no lo es, hay que decirlo, no vaya a ser que, encima, crean que tienen razón.
El País acaba de publicar un editorial titulado Milingo, 3: el desenlace, en el que, aparte de deformar la realidad -si lo hace conscientemente, mal, y si lo hace por desinformación, peor en un periódico- lanza lo que a él le interesa que quede en la opinión pública: que el asunto ha arañado seriamente la imagen de la Iglesia católica. Pues no señor, eso es lo que le gustaría al editorialista, pero debe saber que la verdad nunca araña nada, sino que hace verdaderamente libre a la gente. Si no lo entiende, es su problema, problema grave en un periodista. En lo de Gescartera no sabe uno ante qué asombrarse más, si ante la evidencia de lo irrefutable del refrán de el ladrón cree que todos son de su condición , o ante la generalización absurda y desmedida, la malevolencia difícilmente disculpable, o incluso la negación más elemental de la presunción de inocencia, de la buena voluntad -por lo visto, moneda de raro curso legal- o de los juicios de intenciones. Los increíblemente numerosos comentarios sobre el caso de la profesora de Religión despedida en Almería riza ya el rizo de la incongruencia. ¿Es sólo una exhibición impúdica de inaceptable frivolidad? ¿Es malevolencia descarada? ¿O, sin más, triste y culpable ignorancia? La clamorosa pérdida del sentido común hace perder a muchos la brújula y los papeles. ¿Qué quieren?, ¿hacerlo perder a los demás, y que el mundo sea al revés de como tiene que ser? Una profesora de Religión que se casa con un divorciado, ¿cómo hará para explicar el sacramento del Matrimonio a sus alumnos? Los que se rasgan hipócritamente las vestiduras, ¿tolerarían que un profesor que abomina de la Constitución o de la democracia, enseñase Historia de las ideas políticas o Historia de España? ¿O que un curandero fuese catedrático de Medicina? ¿que un medio de comunicación contratase como director a alguien de signo ideológico contrario? ¿Se ha perdido la cabeza o se quiere perder? Habrá que recordar que, por encima de reglamentos, estatutos, y reivindicaciones laborales, está la conciencia, la moralidad y la ley de Dios. Gonzalo de Berceo |