RetrocesoA&ONº 271/6-IX-2001SumarioDesde la feContinuar
Con ojos ...de mujer
La soberbia de la humildad

A menudo, cuando nos sentimos humillados, reaccionamos con ráfagas de soberbia. No podemos tolerar que nos ignoren, nos desmerezcan o nos traten mal por motivos injustos.

El ego se encabrita y se enfada. Sin embargo, pocas veces tenemos en cuenta que, por muy perfectos que nos consideremos, siempre existe una razón dispuesta a ponernos en trance de ser denostados, criticados y despreciados.

Por el contrario, ante las injusticias, algunos aceptan su condición de víctimas y se escudan ostensiblemente en la tan cotizada humildad, ese tipo de humildad que realza nuestra condición de víctimas y que se complace en aceptar las adversidades con la santa resignación de los elegidos. Sin embargo, no hay que engañarse, esa humildad es tan vanidosa como la propia vanidad y, por mucho que nos obcequemos, entra de lleno en la soberbia; especialmente cuando presumimos de ella y la convertimos en protagonista de nuestros comportamientos aparentemente serenos.

En nuestra ceguera nos olvidamos de que nada demasiado destacable puede ser considerado humilde, y que la humildad auténtica suele esconderse, callar y, por supuesto, huir de sabrosas complacencias que produzcan vanagloria. No hay que olvidarlo: cuando la humildad cree que lo es, deja de serlo.

Mercedes Salisachs