RetrocesoA&ONº 271/6-IX-2001SumarioEl Día del SeñorContinuar
XXIII Domingo del tiempo ordinario
Unas palabras escandalosas
Al final del evangelio de este domingo aparecen unas palabras de Jesús un tanto escandalosas, es decir, un obstáculo para seguir a este Maestro: "... el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío". He aquí lo que Jesús exige cuando alguien quiere ser de los suyos. Y bienes en este contexto parecen ser también las relaciones con los demás, incluidos las parientes y la propia familia: padres, esposa/o, e incluso uno mismo. ¿Cómo es posible semejante desafío de Cristo a la mucha gente que le acompaña?

No tenemos derecho a aguar estas palabras de Cristo, aunque estemos todavía al inicio del curso pastoral. Y es que Jesús dice que hay que odiar a los miembros de la propia familia, si alguno de sus miembros le impide al discípulo la relación inmediata con el Maestro. No estamos acostumbrados a que se nos hable así.

Hay que aclarar, sin embargo, que esta forma de hablar de Jesús refleja la manera de hablar semita, pues emplea el verbo contrario a amar en lugar del comparativo, que no existe en hebreo. Pero, en cualquier caso, en este pasaje de San Lucas se pide a los candidatos a discípulos que estén dispuestos, si es necesario, a romper incluso los lazos familiares más estrechos por seguir a Jesús.

Él puede exigir, por ser el representante de Dios Padre en la tierra, aquel amor indiviso que la ley antigua reclamaba para Dios: Con todo el corazón, con todas las fuerzas. Nada puede competir con Dios, y Jesús es la visibilidad del Padre. El que ha renunciado a todo por Dios está más allá del cálculo; de lo contrario, pudiera sucederle lo que a aquel que quiso construir una torre y calculó mal, o al rey que intentaba luchar contra otro que trae más soldados.

Jesús plantea esta escandalosa exigencia a una gran cantidad de gente que le sigue externamente. Pero ¿quién, en esa masa, está dispuesto a cargar con su cruz, pues bien saben que ello significa: disponibilidad para una muerte ignominiosa? Jesús no habla por hablar: Él ha renunciado a sus parientes, a su madre, y no tiene donde reclinar su cabeza. Él mismo llevará la cruz a cuestas. Puede así exigir, porque Él va por delante y, a la vez, junto a nosotros para ayudarnos a llevar esta cruz.

+ Braulio Rodríguez Plaza
Obispo de Salamanca