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Una de las primeras en responder a su llamamiento fue la Madre Teresa de Calcuta, quien abrió un centro pionero para enfermos de sida sin recursos en 1995, en Nueva York, ciudad en la que vivía una cuarta parte de las víctimas norteamericanas del virus. Dominique Lapierre, al leer la noticia en el periódico, se precipitó a conocer el centro. La escena marcaría para siempre la vida del escritor francés. En pleno corazón de las calles más calientes de Manhattan se encontró con seis hermanitas indias, vestidas con el sari blanco orlado de azul, como las que había visto atarearse en las leproserías y orfelinatos de Calcuta. Sus huéspedes eran presidiarios de Sing Sing, toxicómanos negros de Harlem, visitantes asiduos de los lupanares gay cercanos. Una de las Hermanas se llamaba Ananda -Hermana Alegría-; era una intocable originaria de Benarés. Uno de los enfermos era un joven arqueólogo judío con barba de profeta; una escena que daría vida al libro Más grandes que el amor, de Lapierre. |
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En respuesta al llamamiento del obispo de Roma, y siguiendo los pasos de Teresa de Calcuta, el 12% de quienes se ocupan de los enfermos de sida en el mundo, en estos momentos, está compuesto por organismos eclesiales católicos, y el 13% son organizaciones no gubernamentales católicas. De este modo, como constató monseñor Lozano, la Iglesia se ha convertido en el mayor apoyo a la lucha contra el sida". La labor de la Iglesia para enjugar las llagas de estos rostros de Cristo ha llevado a sus hombres y mujeres a lugares de frontera. En Zambia, por ejemplo, que sufre el récord mundial de niños huérfanos por el sida, acaba de lanzar un proyecto totalmente pionero en Copperbelt, donde el virus ha alcanzado niveles alarmantes, llegando a puntas del 30-35% de enfermos en Ndola, lo que equivale a decir que uno de cada tres habitantes morirá de sida en dos o tres años. Hace diez años, la diócesis, sin medios, inició un programa de asistencia a domicilio. En el fondo, se trata de una red de solidaridad. Se concentra en torno a una pequeña clínica, que se convierte en punto de referencia de los enfermos de los barrios de prefabricado. Los nudos de esta red son centenares de voluntarios, pobres entre los pobres, que provienen en grandísima parte de las comunidades cristianas. |
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GENERACIONES SEGADAS En 1998 el programa ya se había extendido a 23 barrios de las siete ciudades de la región, y llegó a atender a 400.000 personas. Hoy hay 750 voluntarios. Casi el 90% de los voluntarios son mujeres, y en su mayoría de entre 30 y 40 años. Estos voluntarios distribuyen las raciones de comida que reciben del Programa Alimentario Mundial, sabiendo que también a ellos les falta la comida para los hijos. La diócesis les da algún incentivo para reconocer el trabajo inmenso que hacen, pero es muy poco, pues no cuenta con recursos. Rosemary, madre de seis hijos, voluntaria desde 1993, revela: «Cuando vamos a visitar a los pacientes los escuchamos, les animamos a tomar las medicinas y les aconsejamos que hagan la prueba del VIH. No es fácil encontrar el modo para hacer sentir la cercanía al que sufre. Pero la satisfacción de ver a una persona vivir con más dignidad su situación me hace comprender que es justo seguir adelante». Los nuevos movimientos eclesiales también se encuentran en la primera fila de la cercanía a estos hombres y mujeres flagelados por el sida. La Comunidad de San Egidio, por ejemplo, acaba de lanzar un plan en Mozambique que implica una profunda reorganización del sistema sanitario del país africano. Iniciado en diciembre 2000, con una inversión de más de un millón de dólares, en el proyecto se han implicado varios médicos venidos de Europa, miembros de esta Comunidad, movimiento católico que surgió en Roma en 1968, fundado por el profesor Andrea Riccardi. Leonardo Palombi, profesor asociado de Epidemiología, de la Universidad de Tor Vergata (Roma), cooperador en el proyecto, afirma: «El sida está literalmente segando a las generaciones jóvenes africanas, las fuerzas nuevas del continente. En la zona subsahariana, hay 15 millones de personas enfermas. En Mozambique, tenemos 1,25 millones en una población de 18 millones. En estos años, nos ha llegado una llamada de la sociedad civil: haced algo». |
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Para contener los costes, en primer lugar el proyecto usa medicinas con los mismos principios activos de los fármacos más conocidos utilizados para combatir el sida, siguiendo la experiencia ya realizada a gran escala en Brasil e India. En segundo lugar, el proyecto ha financiado la reestructuración de los tres principales laboratorios farmacéuticos del país, en las ciudades de Maputo (sur), Beira (centro) y Nampula (norte), con el objetivo de ofrecer en particular análisis de sangre confiables. Se prevé, además, un proceso de formación del personal sanitario y la modernización de la maquinaria en los hospitales. A esto se añadirán mejoras en los departamentos de Maternidad, con la introducción de una adecuada profilaxis para los recién nacidos. En la actualidad, nacen casi 25.000 niños seropositivos en Mozambique, de un total de 800.000 al año. La lista podría ampliarse de manera indefinida. Lo importante no es, sin embargo, la cantidad de iniciativas, sino el que los creyentes ofrezcan de este modo la caricia de Dios a estas personas heridas en su más profunda esperanza. |