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Si, como decía santa Teresa, esta vida es una mala noche en una mala posada, al menos que la posada sea como la Posada del Peine donde todo esté manga por hombro. Para nosotros la casa ideal no es una casa seria, ordenada, ni siquiera de buenos cimientos y sólidos muros. Al español, para ser feliz, le basta y le sobra con una casita de papel. Esta afirmación tiene música y fue canción de moda. El contigo pan y cebolla supone también que apenas importan la fragilidad ni la limpieza de la casa. Esta impresión es la que puede dar hoy a muchos nuestra casa. La casa española, a quienes nos visitan o nos ven desde fuera, a través de esa ventana indiscreta que es la televisión. ¿Qué aspecto ofrece nuestra casa? Quizás el de una casa amueblada, sí; incluso con muebles caros (algunos de dudoso buen gusto) y con un cierto desorden. O sea, lo mismo que les ocurre a muchos que creen tener la cabeza bien amueblada. |
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El desbarajuste en la aplicación de la Ley de extranjería y los escándalos financieros; las huelgas de todo tipo, la amenaza de bombas y otros disturbios, han afectado este verano a las comunicaciones aéreas; el desbarajuste en la seguridad alimentaria, sea en las carnes o en los aceites; los conflictos registrados en la prestación de servicios públicos, en asuntos tan graves como la limpieza pública y la recogida de basuras o los riesgos de pandemias por causas tan increíbles como la falta de inspección en las torres de refrigeración, culpables de la legionela, crean una serie de justificadas alarmas sociales e histerias ciudadanas de insospechadas consecuencias y que revelan que nuestra casa, en efecto, es de papel... de fumar o de papel celofán. Y, también, que nuestro techo es de cristal. Contribuye a nuestra precariedad e insuficiencia el grado de dependencia que empieza a padecer nuestro país. Somos un país de consumidores. Lo explica muy bien Antonio Burgos: «¿Qué producimos? Producimos consumo. Nuestra mayor producción es el consumo». Totalmente de acuerdo. Estamos siendo desplazados y relegamos por nuestros nuevos jefes, por los amos de Europa, al peligroso monocultivo de turismo más agricultura. Como ven, se va a cumplir el sueño de escuela y despensa que preconizaba Joaquín Costa. Importante misión ésta nuestra de ocuparnos del estómago y de la educación y descanso de los europeos, pero se trata de sectores, tanto el turismo como la alimentación, muy vulnerables e hipersensibles, el primero ante el terrorismo o las huelgas más o menos salvajes, y la segunda ante cualquier problema que afecte a la salud. No hay sectores más escrupulosos y más escandalosos ante cualquier alarma que los encomendados a España. El turismo y la alimentación son actividades de alto riesgo, pendientes siempre de cualquier vicisitud o contratiempo. A merced de cualquier contingencia bélica o alternativa económica, ambas actividades pueden llegar a depender también de cualquier veleidad climática. Tenemos la fortuna, y la desgracia, de que tanto en la agricultura como en el turismo mande el exceso de meteorología. Nos hemos alejado de la autarquía y hemos desarbolado aquella economía que no nos hacía independientes, pero sí autónomos. Sin minería, sin pesca, sin siderurgia, sin construcción naval, sin papeleras ni industria química suficiente y muy dependientes en cuanto a nuevas tecnologías; sin hidrocarburos ni energía nuclear, nuestra economía se basa demasiado en nuestro entusiasmo y en nuestra creatividad. |
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En nuestra casita de papel, donde somos tan felices, el techo es de cristal. Sépanlo los muchos aficionados que tenemos por estos pagos a echar piedras en su propio tejado. Con una cubierta tan quebradiza pocas compañías aseguradoras estarían dispuestas a asegurar a este país. Profusión de créditos, hipotecas; masiva percepción de ayudas y subvenciones, más todo tipo de fondos, incrementan el riesgo de goteras y grietas en la casa española en cuanto caigan cuatro gotas. «Los muros de la Patria mía... en un tiempo fuertes ya desmoronados» que veía Quevedo, hoy se nos pueden antojar más firmes que nunca, pero -¡cuidado!- que los edificios que se suelen comenzar a construir por abajo -casi siempre- se empiezan a deteriorar por arriba, en cuanto falla el tejado. Y, hoy, el nuestro es de cristal. Si no ponemos remedio y mejoramos la techumbre, peligra la integridad del edificio. La nuestra, nuestra integridad, tampoco está muy segura. Seguimos siendo una casa de dos puertas. No reparó en ella el sabio Alfonso X cuando la creía inexpugnable: «Espanna es cerrada toda en derredor, del extremo de los montes Pirineos hasta el mar. De la otra parte, del mar Oceano a la otra del mar Tirreno (Mediterráneo)». El rey sabio era también optimista. España no es «cerrada»..., afortunadamente. España es una casa bien abierta; entre otras razones, porque tiene dos puertas. De ello habló Ganivet (y cuánto nos complace citarle después de haberlo hecho con Joaquín Costa, su hermano mayor). Cuando Ángel Ganivet escribe: «Somos una isla colocada en la conjunción de dos continentes, y para la vida ideal no existen istmos; para la vida histórica existen dos: los Pirineos y el Estrecho. Somos una casa con dos puertas y, por lo tanto, mala de guardar», el clarividente granadino está recordándonos algo que, otra vez, va a marcar el devenir de España durante el siglo XXI: la irrupción, quizás simultánea, de dos corrientes de personas, de ideas y de actuaciones imprevisibles a través de las dos puertas: la de los Pirineos y la del Estrecho. Extrememos la vigilancia, ahora que ya no hay ni garitas ni centinelas, para guardar la casa, y, al menos, procuremos no abrir las dos puertas a la vez. Con la corriente de aire que se puede armar tenemos asegurado, como poco, una buena pulmonía. Alfredo Amestoy |