RetrocesoA&ONº 272/13-IX-2001SumarioCriteriosContinuar
«A Dios, lo que es de Dios»
No es infrecuente que se acuse a la religión de intolerante, e incluso de ser la causante de «la gran mayoría de los enfrentamientos violentos de los seres humanos», como alguien ha escrito recientemente en un prestigioso medio de comunicación, haciendo un panegírico del relativismo, al que augura espléndido futuro, pues afirma que «-se podría decir, gracias a Dios- avanza con gran firmeza». Por lo visto, Jesucristo Nuestro Señor, que se ha llamado a sí mismo la Verdad, debe estar encantado con este avance de su negación... Quien tales cosas ha escrito parece no recordar que precisamente a los seguidores de esta Verdad, en los primeros siglos de la Iglesia, se les acusaba de ateos, de rechazar la religión (hoy estos defensores del relativismo la llaman nueva era sin asideros dogmáticos): «Ante todo -le dice el Prefecto de Roma, Rústico, al filósofo hecho cristiano Justino- cree en los dioses y obedece a los emperadores... Vamos al asunto que nos interesa y nos apremia -añade dirigiéndose a Justino y a sus compañeros mártires acusados de no adorar al Estado-. Poneos de acuerdo y sacrificad a los dioses». Su respuesta no da lugar a dudas: «Haz lo que quieras; somos cristianos y no sacrificaremos a los ídolos».

No es nada nuevo la persecución, ni eso de «convertir a las víctimas en villanos», como alguien certeramente ha señalado estos días a propósito del caso de Gescartera y los dineros de la Iglesia, sin olvidar el caso de algunas profesoras de Religión no propuestas por quien establece la ley para impartir en este curso dicha materia, defendidas, curiosamente, por los que quieren acabar con las clases de Religión; algo así como el aparente amor a los pobres de Judas al criticar el gasto del perfume derramado sobre Cristo y que el evangelista desenmascara: «No decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella».

Ya antes de Cristo, el libro de la Sabiduría constata estas palabras, de plena actualidad, sin duda: «Oprimamos al justo... Sea nuestra fuerza norma de la justicia, que la debilidad, como se ve, de nada sirve. Tendamos lazos al justo, que nos fastidia, se enfrenta a nuestro modo de obrar, nos echa en cara faltas contra la Ley... Es un reproche de nuestros criterios, su sola presencia nos es insufrible, lleva una vida distinta de todas y sus caminos son extraños... Sometámoslo al ultraje y al tormento para conocer su temple y probar su entereza. Condenémoslo a una muerte afrentosa, pues, según él, Dios lo visitará».

A Cristo así lo acecharon, y Él mismo ya profetizó que lo harían igualmente con sus discípulos. Una de estas asechanzas, especialmente significativa, es la pregunta sobre el pago del tributo al César, que ilustra nuestra portada, y cuyos protagonistas, los escribas y fariseos, en la versión del evangelista Lucas reflejan bien a los protagonistas de hoy: «Quedándose ellos al acecho, le enviaron unos espías, que fingieran ser justos, para sorprenderle en alguna palabra y poderle entregar al poder y autoridad del procurador».

La respuesta de Jesús: «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios», bien entendida por sus primeros oyentes, en la mentalidad dualista de hoy suele interpretarse erróneamente como una delimitación de campos y competencias entre los órdenes civil y religioso: las cosas de la vida del mundo, los dineros, la enseñanza en la escuela... tienen sus cauces y normas, y deben respetarse, pero ¡ojo! que existen también las cosas de la religión, que hay que respetar igualmente; e incluso no pocos interpretarán que hay que respetarlas más aún. ÀEs esto lo que dice Jesús?

Como es lógico, no vamos a pretender que los no creyentes tengan que ir a Misa, ni que los creyentes dejen de usar el dinero, Àpero no subyace aquí una concepción más honda de las cosas? ÀAcaso no está presente en nuestra sociedad -en unos y otros- una concepción de lo religioso y de lo civil que, en realidad, subvierte los términos? Hay que dar a Dios lo que es de Dios. De acuerdo. Y a Dios pertenece la parcela religiosa, que hay que respetar, ¡faltaría más! ÀY qué es lo que pertenece al César? Pues todo. En la realidad en que vivimos, desgraciadamente, así es. Dios ha quedado reducido a eso, a una parcela. ÀPero hay algo que no sea de Dios? ÀAcaso puede creerse en un Dios que no sea Dueño de todo? ÀA quien no pertenece todo, incluido el dinero, merece el nombre de Dios? Aquí está el drama de nuestro tiempo: tener un dios a quien no le pertenece todo. ÀQué ocurre entonces? Que el poder, con todos sus tentáculos y sus raíces ocultas, ocupa el lugar de Dios. Cuando no se da a Dios lo que es de Dios, necesariamente su lugar lo ocupa el César, y el de hoy no es muy diferente de aquel Procurador, Rústico, que decapitó a Justino, por mucho que se le quiera llamar neo-liberalismo, o nueva era. Vestida de tolerancia, su intolerancia de la única Verdad que hace libres no puede por menos que convertir al hombre en esclavo. En todo, en el uso del dinero como en la recta enseñanza de la Religión, sólo es libre quien no cae en el engaño de llamar dios a lo que no lo es, ni de seguir tal idolatría, sino que da verdaderamente a Dios lo que sólo es de Dios. Todo.