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Me han contado algo que sucedió cuando las críticas de los estrenos de teatro aparecían al día siguiente en los periódicos de Madrid: un crítico de determinado periódico escribió estas dos líneas: «Anoche se estrenó en el teatro X la obra X, del autor X. ¿Por qué?» Ni una palabra más; y firmaba. Lo mismo podría preguntarse ahora, ante la evidente campaña que arrecia contra todo lo que sea Iglesia o fe católica: «Pero, ¿por qué?» ¿Qué problemas reales se quieren encubrir suscitando un problema que no debería serlo? La lista de promotores y sostenedores de la campaña, que ya comenzó antes de las vacaciones, fue sostenida por algunos durante ellas, y a cuyo triste carro se han subido últimamente casi todos, podría ser muy larga: García Pérez, Peces-Barba, Vidal-Quadras, Gala, Umbral, H. Tecglen, Bonilla, Delgado, Burgos, Del Pozo, Campmany, Garrigues Walker, Millás, Cándido, los teólogos y teólogas de un congreso que no merece más mención, y la mayoría de los editoriales e informaciones escritos sobre Gescartera o las profesoras de Religión en la prensa e Madrid y de provincias, así como sus derivados y compuestos en el bla bla bla de tanta insulsa, frívola, irresponsable y rancia tertulia de radio y televisión.
Juan Manuel de Prada e Ignacio Sánchez Cámara han demostrado en ABC, con meridiana lucidez, la sinrazón de tanto pretendido razonamiento. Como pensar que se trata de una alergia pasajera que ha surgido por generación espontánea, o por casualidad, sería de una ingenuidad de gallinita ciega, es obligado preguntar qué pérfida y sectaria bi, tri, multi, pero siempre uni-lateral, está detrás de tanto tonto útil de este nacionalateísmo. No es simple anticlericalismo, sino claro anticristianismo, al que suicidamente contribuye algún que otro clérigo y teólogo. Stephan Zweig, en El mundo de ayer, denuncia el «emponzoñamiento que provoca la propaganda del odio y el terrorismo del espíritu», y señala certeramente que, «cuanto más ingenuo es el pueblo, tanto más fácil resulta embaucarlo». De todos modos, no pocas esperanzadoras cartas de lectores a los directores de los periódicos hacen pensar que el pueblo verdadero es más serio que la caterva de cantamañanas que se tragan todo lo que el primer indocumentado les dice, sin el menor contraste profesional informativo de ética de mínimos, después de haber puesto a secar al sol que más calienta sus vaqueros de marca, sus ambiguas condecoraciones o sus pringosos mandiles y pingajos. Dejá vu..., pero non prevalebunt. Todavía no se ha prohibido pensar. Gonzalo de Berceo |