RetrocesoA&ONº 272/13-IX-2001SumarioDesde la feContinuar
Habla Francis Fukuyama
China y el Islam: los desafíos

Nueva York. Es un mundo más imprevisible y complejo, el que hemos heredado desde el fin de la guerra fría. Pero, según Fukuyama, no hemos perdido las riendas con las que intentar tenerlo bajo control. El conocido autor de El fin de la Historia está a punto de publicar un libro sobre biotecnología, como muestra de cuáles son los problemas más relevantes del nuevo siglo, menos constreñidos por la política y las ideologías, pero obligado a convivir con la globalización y con los otros interrogantes ético-sociales surgidos del desarrollo de la economía y de la ciencia.

Ésta es la situación de fondo, que también se reflejó en la cumbre del G8 en Génova. Cuando los grandes se reunieron por última vez en los Estados Unidos, en Denver, Fukuyama dijo que aquel grupo no era representativo: faltaban países determinantes, como China, y porciones enteras de la sociedad civil emergente. Desde entonces en adelante, especialmente después de Seattle, la rebelión se ha acrecentado.

Profesor Fukuyama, ¿qué está sucediendo con la globalización y cuál es su futuro?

Globalización no es una palabra acuñada por los poderososos del mundo, sino un fenómeno natural que nadie ha desencadenado y que nadie puede parar. Comprendo a algunos protagonistas de la protesta, como los sindicatos occidentales, porque se enfrentan a una posible extinción por el traslado del trabajo a los mercados más convenientes. Pero el resto de la coalición de Seattle es mezcla heterogénea de secciones desaparecidas de la vieja izquierda, que no tenían claro cómo moverse y que no saben bien hacia dónde ir. Mientras existió la guerra fría, aquellos grupos daban salida a sus energías en el antiamericanismo. Una vez acabado el conflicto, a raíz de la caída del comunismo, han dedicado diez años a encontrar un nuevo enemigo, y ahora lo han hallado en la globalización.

¿Han hecho una mala elección?

Viven en contradicción. Cuando uno es progresista, debería favorecer la globalización, porque es el único instrumento válido disponible para levantar también a los sectores pobres de la sociedad occidental, y para permitir salir a flote a los países en vía de desarrollo de África, de Asia y de Iberomérica. Esta izquierda debería intentar trabajar por la globalización, para tratar de dirigirla, al menos en parte, hacia sus objetivos.

Pero, entre tanto, la protesta aumenta. ¿Cómo salir de eso?

Discutiendo. Debemos seguir contrastando punto por punto las posiciones de la protesta, demostrando con los hechos y con las cifras por qué es injusta.

Es una operación que deberían hacer juntos todos los líderes occidentales, y, sin embargo, desde que Bush entró en la Casa Blanca, parece que Estados Unidos y Europa no se entienden en absoluto...

No creo que ésta sea una crisis, o un giro radical en las relaciones. Sólo ha cambiado la Administración, en Europa hubo resistencias también cuando Reagan alcanzó la presidencia. El nuevo Gobierno ha cometido errores, por ejemplo en la manera de dejar de lado el protocolo de Kyoto, aunque sobre el escudo antimisiles mantiene una posición razonable, y a la larga logrará hacerse entender.

Intentemos analizar estos puntos de fricción, empezando por el recalentamiento global

Bush ha cometido un error de forma, pero no de fondo. La salida de Kyoto ha sido mal anunciada, durante una reunión con algunos embajadores. También la consejera para la seguridad nacional, Rice, dijo que habría sido necesario haberla preparado mejor. Pero el protocolo no es realista y está lleno de defectos. El recalentamiento global es un problema real, y la Administración así lo reconoce. Se trata de sentarse a una mesa para encontrar una manera de resolverlo más eficaz que la de Kyoto.

¿Y el escudo antimisiles?

Yo estoy entre quienes prefieren una estrategia de seguridad basada en la defensa en lugar del ataque. Durante la guerra fría el equilibrio estaba garantizado por la capacidad de los dos bloques de destruirse mutuamente. Hoy, paradójicamente, el riesgo de una guerra atómica o de una explosión nuclear se ha incrementado, porque, aunque las armas están cada una todavía en su sitio, los controles son mucho menos eficaces, sobre todo en el ex-imperio soviético. Si tiene que haber una nueva carrera armamentística, mejor que tenga objetivos defensivos; también porque esta estrategia nos permitiría finalmente reducir realmente las cabezas nucleares. En este sentido, el escudo antimisiles representa una posición razonable, que antes o después los Estados Unidos harán comprender a Europa. Sin embargo, estoy más a favor de la versión de escenarios que de la planetaria. Los riesgos más graves de ataque los sufren algunos aliados de Washington, como Taiwán, Japón o Israel, y por tanto sería necesario considerar el socorrer estas áreas específicas, también porque la versión de escenarios será más fácil.

El escudo antimisiles no afecta únicamente a las relaciones entre Estados Unidos y Europa, sino también las relaciones con Rusia, que no quiere cancelar el tratado antimisiles ABM. La primera cumbre entre los Presidentes Bush y Putin no ha ido mal, pero ¿no queda el riesgo de una ruptura?

Clinton había intentado hacer una alianza con Yeltsin, porque entonces había la esperanza de que Moscú pasara velozmente a la democracia y a la economía de mercado. Ahora aquella política no sería ya posible, aunque el ex-Presidente demócrata todavía estuviera en el cargo. Putin es un ex-agente del KGB, y en ciertos aspectos está intentando recuperar algunas formas de gobierno totalitario. En la relación con su Rusia, por tanto, hace falta realismo. Esto provocará un enfriamiento en las relaciones, de cuando en cuando y en según qué temas. Pero no volveremos a la hostilidad de la guerra fría, porque Bush no la quiere, y Moscú no es ya la potencia que era.

Con China, en cambio, ha habido el primer conflicto con el caso del avión espía, y el Pentágono dice que los retos estratégicos más importantes del futuro se jugarán precisamente en el área del Pacífico...

Clinton había definido la República popular como un aliado estratégico, pero ésa era una visión ridícula. Para serlo no basta con tener intereses económicos en común: es necesario compartir también el sistema de valores y las estrategias de estabilidad. Washington continuará teniendo relaciones con Pekín, y no creo que se vuelvan adversarios como para llegar a una ruptura. Pero el Gobierno americano revalorizará las relaciones con los aliados tradicionales, como Japón y Corea del Sur, relanzando esta región por medio de sus políticas asiáticas.

Paolo Mastrolilli
de Avvenire