|
|
Era obligado, por las fechas que corren, escribir un comentario crítico sobre las dos películas del momento: El planeta de los simios, de Tim Burton y Los Otros, de Amenábar. Dos películas en las que coincide el raro binomio de cine de autor y taquillero. Tim Burton, el famoso director iconoclasta, creador de atmósferas góticas y adiestrado en reirse hasta de su sombra, ya había llevado a un millón de españoles a las pantallas el fin de semana de su estreno (740 millones de pesetas), algo no visto ni con La amenaza fantasma. Amenábar, por su parte, sigue manteniendo el tipo en el Box Office americano, mientras llena las salas españolas.
Desde el punto de vista cinematográfico, la americana, sin ser lo mejor de Burton, es solvente aunque sólo sea por su capacidad de crear imágenes oníricas e insólitas. Otra cosa es el guión, más flojo, pero con elementos irónicos de indudable origen burtoniano -aunque el guión no está firmado por él-. Los Otros, de Amenábar, probablemente la mejor película española del año, es en su género una película memorable, impecable en su factura, inmejorable en su interpretación, precisa en la cámara. Bebe de Henry James, pero el film tiene entidad propia, consistencia original. Y de su argumento, es mejor no decir nada, para no dar pistas. |
|
Pero es otro el aspecto sobre el que quiero llamar la atención. Y es que ambos filmes tienen en común una poco disimulada animadversión hacia las religiones, especialmente hacia el cristianismo (y en Amenábar, claramente al catolicismo). La película de Tim Burton, con menos bilis, más infantil, hace una lectura cientifista de la religión, como si de un estadio primitivo, supersticioso y precientifico se tratase. Las continuas referencias al Padre Seimos, fundador de la raza, la bendición de la mesa, y el posterior reconocimiento del capitán Leo Davidson (Mark Wahlberg) como el «que vino de las estrellas para salvarnos», se resuelven en una burda superchería que sólo oculta datos empíricos y científicos, incomprensibles para la mente simiesca. En el caso de Burton -y de sus guionistas- se puede entender -sin justificar- que la saturación del mercado pseudo religioso americano (sectas, new age, cienciologías, orientalismo de olor a incienso...) lleva al observador a un previsible escepticismo. Cualquier hombre guiado por una sana razón sentirá alergia por ese comercio fenicio de religiones de Todo a cien. Pero claro, a Burton nadie le ha explicado que el cristianismo es otra cosa, que no tiene nada que ver con eso. Más enojosas son las piruetas filosofoides del compatriota Amenábar. Él ya había dado muestras en su anterior película, Abre los ojos, de un positivismo chatito y de un engreimiento pseudo-cientifista notable. En Los Otros es más sutil: la religiosidad la encarna la desequilibrada Grace (Nicole Kidman), personaje principal. Para Amenábar ella representa a la persona religiosa, en la forma que nos podemos imaginar: una mujer extremadamente moralista, que enseña a sus hijos que hay que amar a Cristo por temor al infierno, que en sus continuas oraciones sólo obtiene el vacío por respuesta, y que sólo trasmite inseguridad y falta de gusto por la vida. Y para colmo reza el rosario, que para Amenábar debe ser una oscura práctica ancestral. Por su parte, el ama de llaves expresa la posición de Amenábar: ella explica a los niños que su madre cree demasiado en la Biblia, a la que sólo hay que hacer caso a veces, que el problema es que la pobre sólo sigue lo que le han enseñado (la tradición, vaya) y que, en definitiva, las cosas importantes no tienen respuesta. Al final de la película -que no desvelaré- comprendemos que su nihilismo y vaciamiento de la religión católica es mucho mayor que lo que habíamos imaginado. Es una pena que un gran cineasta, como Amenábar, se meta en terrenos de los que no sabe una palabra, únicamente por pura prepotencia y soberbia intelectuales. No es de extrañar que el grupo Prisa esté encantado con financiarle la película. Esto no sería relevante si se tratase de dos películas ínfimas, pero su onda expansiva es imparable, y el mensajito sutil -o no tanto- cala como el chirimiri. Y esta reiteración de contenidos, aparentemente secundarios pero constantes, son, a la larga, más eficaces que la campaña que el poder desarrolla contra la Iglesia con ocasión de gescarteras, milingos, profesoras de Religión divorciadas y otras tristezas similares. Y es que el mal es peor cuando va envuelto bajo apariencia de belleza. Juan Orellana |