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Conozco a pocas madres que, una vez acabado el mes de agosto, afirmen estar muy descansadas. En la mayoría de los casos por su casa han pasado este verano hijos, nietos, familiares, amigos, amigos de los hijos... Y es que esta época del año es uno de esos momentos en los que las madres despliegan una de las más puras cualidades femeninas: hacer familia. Espero que no se molesten los padres, ni los hombres en general; yo no digo que carezcan de ella; simplemente afirmo que la capacidad de hacer familia, la sensibilidad para entretejer relaciones, forma parte de la esencia misma de la mujer. Da igual que sean abuelas, hijas o nietas. Da igual que les haya tocado la parte activa de acoger o que, después de toda una vida haciéndolo, ahora sean ellas las acogidas. Algunas se habrán tenido que quedar a cuidar a un enfermo. Otras, ya ancianas o con sus facultades mermadas, habrán sido objeto de esas atenciones que antaño prodigaran. No importa su edad o condición; nos demos cuenta o no, allí dónde esté una madre, en torno suyo, se está haciendo familia. Damos tan por hecho que éste es su papel, que pocas veces lo valoramos y rara vez lo agradecemos como merece. Volvemos ahora a los quehaceres cotidianos. Espero que hayan descansado estas vacaciones en el mar, la montaña, el campo o en su propia casa. Por cierto, ¿le ha dado las gracias a la madre que lo ha hecho posible? Carla Díaz de Rivera |