RetrocesoA&ONº 272/13-IX-2001SumarioEl Día del SeñorContinuar
XXIV Domingo del tiempo ordinario
La alegría de Dios
¿Dios se alegra? Evidentemente. Ahí están las tres parábolas del capítulo 15 de san Lucas para mostrarlo. Pero las tres vienen precedidas por una pequeña indicación del evangelista, a la que no se presta suficiente atención: «Se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y escribas murmuraban entre ellos: Ése acoge a los pecadores y come con ellos. Jesús les dijo...»

¿Qué enseña Jesús en estas parábolas? ¿El amor poderosísimo y la paciente misericordia de Dios, para inspirar confianza al pecador? Con este fin las utilizamos, pero es bueno conocer a quiénes iban dirigidas, cuando las pronunció Jesús. San Lucas, precisamente en esas palabras más arriba señaladas, nos dice claramente quiénes son estos destinatarios. Para buena parte de los oyentes de Jesús -especialmente el grupo fariseo- su actitud con los pecadores chocaba profundamente con sus convicciones religiosas. En el ambiente judío del siglo I, en efecto, se designaba como pecadores bien a las personas que llevaban una vida inmoral, bien a las que ejercían una profesión tenida por deshonesta: pastores, publicanos, etc. Ni unos ni otros tenían acceso a la salvación, según este pensamiento religioso, llamaríamos, oficial.

Jesús, sin embargo, tiene una especial dedicación con este tipo de personas, lo cual no podía menos de escandalizar a fariseos y escribas, hombres pidadosos que se guardaban muy mucho de tratar con tales gentes. Por eso, las tres parábolas de Lc 15 no van dirigidas a los pecadores, sino a ese otro grupo que se escandaliza de Jesús y se resiste a creer en la autoridad de un hombre que come con publicanos como Zaqueo. Pero Cristo los acusa de envidiosos, y de no conocer la grandeza del corazón de Dios. Éste -les dice Jesús- tiene alegría en el perdón. Se alegra como el pastor, como la mujer que ha encontrado la moneda de su dote, como el padre al que su hijo abandonó. No saben tampoco lo que es el agradecimiento, pues su piedad parece haberlos protegido siempre de toda deuda con Dios.

¿No son estas parábolas un buen bagaje para comenzar el curso pastoral e ir en busca de los alejados y de los que no conocen a este Dios que se alegra perdonando? A mí me lo parece.

+ Braulio Rodríguez Plaza
Obispo de Salamanca