RetrocesoA&ONº 271/6-IX-2001SumarioLa fotoContinuar
Barbarie en directo

Podemos hacer de este mundo un jardín o reducirlo a un cúmulo de escombros»: son palabras pronunciadas por Juan Pablo II, en Fátima, después de consagrar el mundo al Corazón de María. A algunos les parecieron excesivas, pero ahora, cuando ni en las más arriesgadas películas de ciencia ficción pudieran imaginarse lo que ha ocurrido, son palabras cargadas de responsabilidad y de realismo, esas virtudes que tanto escasean en todo el mundo. El corazón de la todopoderosa América, el del poder económico, político y militar, ha sido sacudido por la irracionalidad homicida y suicida de la barbarie terrorista que ha sido llevada, angustiosamente y en directo, por la televisión a todo el mundo, y que ha suscitado el pánico y la alerta mundial. Una y otra vez, el Papa ha reiterado que la violencia sólo engendra violencia; de forma solemne y profética lo hizo, también, en la clausura del Jubileo de los Obispos, y ha advertido sobre los gravísimos riesgos de la injusta situación mundial, que exige, de todo ser humano responsable, un compromiso firme y concreto por la justicia y la paz, y luchar contra la violencia. No debe haber la menor connivencia, de ningún tipo, ante ninguna especie de terrorismo. Como en cualquier guerra, en momentos de tanta tragedia, como éstos, toda persona sensata recuerda la precariedad de la vida que está en las manos misericordiosas de Dios.

Juan Pablo II, en su mensaje al pueblo americano, habla de «inenarrable horror»; y el diario de la Santa Sede se refiere a «mentes diábolicas que han creado un inimaginable clima de guerra». Sin duda habrá un antes y un después tras los incalculables efectos de esta ignominia para la Humanidad. Es momento de reflexión honda y sincera, de condolencia cristiana y de oración intensa... Y, antes que nada, de conversión de todos al único Dueño y Señor de la vida, única garantía de libertad, de justicia y de paz verdaderas.