RetrocesoA&ONº 272/13-IX-2001SumarioMundoContinuar
La Santa Sede, en la Conferencia Mundial contra el Racismo:
«El racismo, una grave ofensa contra Dios»
Pese a quedar parcialmente desvirtuada por la utilización política de algunos participantes,
y mermada por las continuas diferencias entre las antiguas potencias coloniales y los países del sur,
la Conferencia Mundial contra el Racismo, celebrada en Durban (Sudáfrica), ha servido
para poner sobre la mesa persistentes atentados contra la dignidad del hombre. Días antes,
Juan Pablo II recordaba, desde Castelgandolfo, que «el racismo es un pecado
que constituye una grave ofensa contra Dios», y citaba estas palabras del Concilio Vaticano II:
«No podemos invocar a Dios Padre de todos, si nos negamos a comportarnos como hermanos
con algunos de los hombres que son creados a imagen de Dios»

Igual que en las dos anteriores cumbres, las de 1978 y 1983, el conflicto israelo-palestino ha centrado buena parte de la atención en la Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y la Intolerancia, y ha motivado el abandono de la primera potencia mundial, Estados Unidos, que, además de evitar ver cuestionada su política en Oriente Próximo, conseguía así esquivar las demandas de parte de su comunidad negra de obtener indemnizaciones por las discriminaciones raciales del pasado. La utilización política que de la cumbre han hecho regímenes como los de Zimbawe, que ha pretendido justificar la violencia desatada desde el poder contra los campesinos blancos, o Cuba, siempre presta en este tipo de acontecimientos al populismo tercermundista y antioccidental, ha servido también para distraer la atención de muchas de las cuestiones que se presentaban a discusión estos días en Sudáfrica. Enfrente, los países del sur se encontraron a una Unión Europea deseosa de presentarse como la potencia amable, en contraposición al imperialismo yanqui, pero reacia a que se juzgue su pasado colonial, lo que podría servir de base a eventuales compensaciones o reforzar la causa de la condonación de la deuda.

Tanto juego de palabras y falta de voluntad constructiva fue lamentado por monseñor Martin, Observador permanente de la Santa Sede ante la Oficina de las Naciones Unidas en Ginebra: «Al final, cada Estado ha venido aquí a defender sus propios intereses».Exhortó a un planteamiento valiente y comprometido con la verdad, a la altura de la magnitud del problema. Porque «el racismo -dijo- es un concepto inventado deliberadamente para crear división en la Humanidad. Esta Conferencia debe centrarse en la verdad: la verdad concerniente a la unidad fundamental de la familia humana». Necesaria es la «purificación de la memoria», que «analicemos con honradez nuestra historia personal, comunitaria y nacional y reconozcamos aquellos aspectos menos nobles que han contribuido a la marginación de hoy, para de esa manera reforzar nuestro deseo de hacer de la era de la globalización una era de encuentro, incorporación y solidaridad». Porque el racismo sigue vigente hoy, y está en el origen o sirve para justificar todo tipo de abusos. Como ejemplo, recordó que «los emigrantes, sobre todo aquellos que vienen de un contexto cultural diferente, pueden ser fácilmente objeto de discriminación racial, de intolerancia, de explotación y de violencia».

FALSOS ÍDOLOS


Las raíces del racismo, decía en un comunicado el cardenal Van Thuân, Presidente del Consejo Pontificio de Justicia y Paz, «se encuentran en el prejuicio y en la ignorancia, frutos ante todo del pecado, pero también de una educación errónea e insuficiente». De ahí el «papel insustituible de las religiones, y en particular de la fe cristiana, en materia de educación en el respeto de los derechos del hombre: una correcta enseñanza religiosa permite alejar falsos ídolos como el nacionalismo y el racismo». Y, cómo no, el dinero, el egoísmo de unos pocos que, conscientemente o no, relega a la marginación al resto. Hoy -advertía- asistimos a dos «grandes fracturas: la de una pobreza cada vez más dramática, unida a la de la discriminación social, y una más nueva, y menos denunciada, que afecta al ser humano no nacido, sometido a experimentos (a través de las técnicas de procreación artificial, la utilización de embriones sobrantes, la clonación terapéutica...) El riesgo de una forma inédita de racismo es sumamente real, pues el desarrollo de estas técnicas podría llevar a la creación de una subcategoría de seres humanos destinada esencialmente al confort de algunos. Nueva y terrible forma de esclavitud. Poderosos intereses comerciales querrían aprovechar esta latente tentación eugenésica». El cardenal no eludió tampoco entrar en algunas de las cuestiones que dividen a países ricos y pobres, como la petición de perdón y reparación por parte de los países que se sirvieron de la esclavitud. La Santa Sede no quiso proponer soluciones técnicas, pero sí animó a las Delegaciones de los 130 países a buscar soluciones auténticas que pongan fin a las discriminaciones y a comprometerse con «la verdad y la justicia». Muchas palmaditas en la espalda recibió la Delegación vaticana, pero, al final, la lógica que se impuso fue otra bien distinta.

Ricardo Benjumea