RetrocesoA&ONº 273/20-IX-2001SumarioAqui y ahoraContinuar
Ver, oír... y contarlo
A Dios, lo que es de Dios

El terrorismo no nace por generación espontánea. El terrorismo es consecuencia de la presencia del mal en el hombre y en la Historia, en la decisión del hombre que quiere actuar al modo de la justicia de Dios. El riesgo, la miopía escleriotizante de algunos analistas, ha sido el haber sustituido el nombre del terror por el nombre de Dios. Los demonios, los terroristas diríamos hoy, de Dostoyevski son, no los que quieren el mal, sino aquellos que primero deciden qué es el bien y qué es el mal y, después, persiguen la consecución inexorable de ese predeterminado bien. «El revolucionario ha roto, en las más remotas profundidades de su ser, todo vínculo con el orden civil, con el mundo entero de los valores, de las convenciones, de las reglas morales. Es un enemigo implacable de este mundo en el que sigue viviendo sólo para poder destruir mejor. El revolucionario desprecia todo optimismo. Desprecia y se mofa de la moral social. Para él es moral todo lo que asegura el triunfo de la revolución. Criminal e inmoral, todo lo que retrasa su advenimiento. Es despiadado para con el Estado y la sociedad (...) Entre ellos y él existirá guerra incesante e irreductible, a vida o muerte», leemos en Los Demonios. Y, para completar el círculo de esta amartía, esfera de pecado, sigue la cita: «Escuchad -dice Kirillov-, yo lo he contado siempre a todos: el maestro que con sus escolares se ríe de su Dios y de su origen, es ya de los nuestros. El abogado que defiende al asesino instruido diciendo que está más evolucionado que sus víctimas, ya es de los nuestros. Los jurados que absuelven a los delincuentes uno tras otro, son ya de los nuestros. Los escolares que matan al campesino por el gusto de probar sensaciones, son ya de los nuestros. El ministerio público que en los tribunales teme no ser demasiado liberal, es de los nuestros. Entre los artistas y los literatos hay muchos de éstos, y no lo saben ellos mismos».

Nuestra vida ha cambiado desde el pasado día 11 de septiembre de 2001. Claudio Magris, en un extenso artículo publicado en el diario El Mundo, el pasado viernes, titulado Nuestras vidas cambiadas, señalaba: «Asistir en directo a un evento trascendental de la Historia mundial no es algo exultante, como creen los cabezas calientes amantes de cualquier tipo de excitación. Se trata sólo de algo deprimente y angustioso. Hace muchos años, algunos estudiantes de la Facultad de Magisterio de Trieste redactaron un manifiesto en el que echaban de menos que no sucediese nunca nada, que la vida discurriese siempre igual, sin sacudidas y novedades extraordinarias. Ojalá nunca sucediese nada extraordinario. Ojalá los periódicos no tuviesen nunca acontecimientos que plasmar en grandes titulares. Ojalá que sólo pudiésemos ver en la televisión películas de terror u horrores. Ojalá la Historia universal y sus maniobras sanguinarias no nos impidiesen vivir normalmente, trabajar, ir de paseo o charlar con los amigos, sin tener que sentir pena por ellos si se encuentran en cualquier parte en la que de repente se desencadena el fin del mundo».

Noah Gordon escribió un amplio texto en el suplemento Crónica, del periódico anteriormente citado, el pasado domingo, en el que leemos: «Ahora soy un hombre viejo, he disfrutado de una vida plena y maravillosa y mi cercana muerte no alberga ningún temor para mí, pero me asusta el tener que abandonar a mis seres queridos y hacerlo antes de que sea absolutamente necesario. El pensar que el daño pueda alcanzarle a la gente que más quiero me atemoriza y me enfurece a la vez. Si existe algún vasto y eterno plan para el mundo, me gustaría señalarle a Dios, de la manera más respetuosa posible, que los planos nos han llegado terriblemente confusos».

Siempre me ha parecido que el recurso más fácil es el usar el nombre de Dios en vano. Me refiero a aquello de Calderón de la Barca cuando hacía decir al coro, en su Gran teatro del mundo: «¡Dejad a Dios ser Dios!» Josep Ramoneda escribía una columna el pasado día 16, en el diario El País, con el título: En nombre de Dios, en la que afirmaba que, «puesto que Dios existe, todo está permitido. Es la forma religiosa del nihilismo, probablemente la más radical porque trasfiere la omnipotencia de Dios al terrorista, que actúa en su nombre y coloca al final de la barbarie la recompensa de la salvación. No es nada nuevo. El río de la historia lleva mucha sangre acumulada por la acción de los asesinos que actúan por delegación divina».

Pues no, el río de la Historia lleva sangre acumulada de los hombres que se han creído dioses, y no han dejado a Dios, ser Dios.