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Angola es un país de enormes contrastes. Es muy rico, tanto por las posibilidades del cultivo de la tierra, como por los yacimientos de diamantes y metales preciosos, como por las gigantescas bolsas de petróleo; y, a pesar de todo y también por la avaricia que suscitan estas inmensas riquezas, es un pueblo terriblemente empobrecido. Mientras los recursos disponibles se malgastan en la guerra, tanto por el Gobierno como por UNITA, la gente pasa literalmente hambre y carece de lo más elemental. Sorprende que puedan sobrevivir las incontables personas que no dejan de venir, buscando seguridad, a los suburbios de Luanda, la capital. Las necesidades de alimentos, agua, vivienda, vestidos, higiene, salud, educación... son un clamor que sube hasta el cielo. Y en medio de esta situación caótica, ¡cuánta grandeza de alma, cuántas personas entregando generosamente su vida por los hermanos, cuántos encomiables esfuerzos! Pero como en el evangelio, si el Señor no multiplica los cinco panes, podemos preguntar también: ¿Qué es esto para tantos? |
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Otro contraste salta constantemente a la vista; éste: entre nuestra sociedad y aquélla. Allí la vida humana brota a borbotones y se desborda como un río; entre nosotros la vitalidad está como encogida por la bajísima natalidad, por la edad tan alta de los hombres y mujeres, por el afán de seguridades de cara al futuro. Son un aldabonazo a nuestros esquemas de vida las pandas de niños y adolescentes, a veces descalzos, jugando en las calles. ¿Su alegría es por inconsciencia y evasión, o es que la vida mana también de otras fuentes? Ciertamente a ellos les faltan tantas cosas, ¿qué nos falta a nosotros? Celebramos la Eucaristía en la parroquia de Maxinde. Me impresionó especialmente la solemne introducción del libro de la Palabra de Dios. ¡Qué elocuente y bella procesión para presentar a la asamblea el libro sagrado antes de la proclamación de las lecturas! A medida que iba entrando el libro, portado en alto por una persona, en medio de la comunidad, un grupo danzando y cantando, con ritmo pausado y armonioso, con gestos y palabras sencillas y expresivas, iban manifestando la disponibilidad de los participantes a escuchar la Palabra de Dios y a recibirla íntimamente. Este rito, que pudimos contemplar en otras celebraciones, aúna espléndidamente expresión de la fe y sensibilidad cultural. ¡Preciosa lección de liturgia encarnada y vivida! Los campos de deslocados, es decir, de los que se han visto forzados a desplazarse huyendo de la guerra, son realidades indescriptibles. Una religiosa ha montado un pequeño dispensario, ha acotado un recinto para celebrar la Eucaristía, para escuela de los niños y para otras actividades. Las autoridades le han facilitado una ambulancia que ella conduce para auxiliar a cuantos pueda. ¡Qué generosidad en un piélago de miseria! De nuevo surge la pregunta: ¿Qué es esto para tantos? Es un milagro que en aquella situación no se amargue el alma ni se hunda la persona. Es un espectáculo inolvidable contemplar cientos de niños con sus catequistas, sentados a la sombra de los árboles. No se oye a nadie durante la catequesis, y, al terminar, ¡qué hervidero! |
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Visitamos, acompañados por el señor obispo, el hospital de Malanje. Se necesita buen estómago para contemplar aquello. Los médicos son los primeros pacientes, ya que apenas disponen de medios para curar. Los enfermos no reciben sábanas, ni toallas, ni comida del hospital. Sobre colchones mugrientos había algunos enfermos de cólera, meningitis, gravemente desnutridos, niños recién nacidos de madres con paludismo; en una cama había un enfermo a quien habían cortado una pierna por gangrena, llevado hasta el hospital con una bicicleta desde una distancia considerable. Es difícil recorrer el hospital sin que se den cita en el visitante un haz de sentimientos: tristeza, repugnancia, compasión, culpabilidad compartida, rebeldía interior, prisa por salir de allí... Y para colmo, alguien había desviado a su bolsillo el dinero destinado a medicinas y comida de los enfermos. ¿Incomprensible? Pero real. Pero también hay muchas personas gastando su vida con una entrega admirable, hombres y mujeres que iluminan aquellos suburbios y campos de desplazados con el amor cordial y efectivo, cristianos nacidos y crecidos allí y misioneros llegados de otras Iglesias que comparten el mismo empeño. Si el egoísmo sin entrañas termina suscitando lástima, la generosidad que pone en juego la vida es envidiable. Hay muchos fermentos de bondad y de esperanza. No es extraño que digan los misioneros que una vez que África ha entrado en la persona, ya nunca sale, no se puede olvidar, nada será igual en el futuro. + Ricardo Blázquez |