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Se cuenta que una misteriosa señora visitó una tarde a los hermanos en el lugar austerísimo en que moraban. Éstos, atendiendo al deber santo de acogida, la apremiaron a compartir con ellos su cena y su descanso. Mas ella replicó: «Mostradme primero el oratorio, la sala capitular, el claustro, el refectorio, la cocina, los dormitorio y el establo, los pulcros asientos, las mesas bien pulidas y las casas inmensas. Veo que todo esto brilla por su ausencia, pero a vosotros os encuentro alegres y contentos como si todo aquí estuviera dispuesto conforme a vuestro talante». «Señora, debe comprender -replicaron los hermanos- que, tras la dura jornada, nos encontramos rendidos y hambrientos. Vayamos antes a comer y, una vez reconfortados, todo se cumplirá de acuerdo con sus deseos». La señora aceptó con gusto y pidió agua con que lavarse las manos y una toalla para secarse. Al momento le presentaron un cuenco de arcilla medio roto -no había allí uno entero- y, después de ofrecerle el agua, todos andaban mirando de acá para allá en busca de una toalla. En vista de que no la encontraban, uno le alargó el borde de su túnica para que, con ella, se enjugara las manos; la señora, divertida, discretamente accedió. |
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Apurada la colación, los hermanos tomaron a la visitante y, conforme a lo prometido, mostráronle los establos (la intemperie de un pinar cercano), las mesas pulidas (piedras y troncos del bosque), los dormitorios (una colección de grutas y ranuras abiertas en la roca de la ladera) y, finalmente, llevándola hasta la cima misma de la montaña, al lugar sobre el acantilado desde el que se divisaba la inmensidad del cielo y la llanura que el ocaso aquietaba, los hermanos le indicaron complacidos: «Y éste, señora, es nuestro claustro». «Los cielos son mi trono y la tierra la alfombra de mis pies. Entonces, ¿qué casa me vais a edificar, o qué lugar de reposo, si el universo entero lo hizo mi mano y todo vino a ser?» (Is 66, 1-2). Los hermanos han llegado a ser los verdaderos moradores del universo en tanto que partícipes de la verdadera ceremonia -el amor fraterno y el canto de alabanza- en el verdadero templo -la creación entera-, medida del corazón del hombre tocado de eternidad. Cada momento vivido resplandece de sacramentalidad; los detalles más insignificantes de lo cotidiano quedan incorporados a una liturgia ininterrumpida, variopinta, exuberante, prodigio sobre todos los prodigios. La santidad inunda la tierra por la presencia del Señor y cada acto humano cobra valor en cuanto rechazo o incorporación al festejo inconmesurable de un banquete de bodas: el desposorio en Cristo de hombre y Dios, cielo y tierra, espíritu y carne, naturaleza y eternidad. |