RetrocesoA&ONº 273/20-IX-2001SumarioContraportadaContinuar
«Éste es nuestro claustro»

Ofrecemos el capítulo Éste es nuestro claustro, del libro de Octavio J. Cortés Oliveras El Juglar de Dios. Sabiduría franciscana, por cortesía, que agradecemos, de Ediciones San Pablo:

Se cuenta que una misteriosa señora visitó una tarde a los hermanos en el lugar austerísimo en que moraban. Éstos, atendiendo al deber santo de acogida, la apremiaron a compartir con ellos su cena y su descanso. Mas ella replicó:

«Mostradme primero el oratorio, la sala capitular, el claustro, el refectorio, la cocina, los dormitorio y el establo, los pulcros asientos, las mesas bien pulidas y las casas inmensas. Veo que todo esto brilla por su ausencia, pero a vosotros os encuentro alegres y contentos como si todo aquí estuviera dispuesto conforme a vuestro talante».

«Señora, debe comprender -replicaron los hermanos- que, tras la dura jornada, nos encontramos rendidos y hambrientos. Vayamos antes a comer y, una vez reconfortados, todo se cumplirá de acuerdo con sus deseos».

La señora aceptó con gusto y pidió agua con que lavarse las manos y una toalla para secarse. Al momento le presentaron un cuenco de arcilla medio roto -no había allí uno entero- y, después de ofrecerle el agua, todos andaban mirando de acá para allá en busca de una toalla. En vista de que no la encontraban, uno le alargó el borde de su túnica para que, con ella, se enjugara las manos; la señora, divertida, discretamente accedió.

Al anunciarse la cena, observó la visitante que, sobre una piedra, se hallaban dispuestos tres o cuatro mendrugos de pan de cebada, y que los hermanos se preparaban para el banquete dando gracias a Dios por la abundancia de sus dones. Demandó entonces la señora algunas viandas cocidas con las que regalarse, y los hermanos, con jovial sencillez, le alargaron un poco de agua fría para que, si así le placía, pudiera mojar en ella el mendrugo que le correspondía. Pidió entonces ella un cuchillo con que intentar partir el pan durísimo, y un hermano le explicó que allí no habían visto un cuchillo desde el día en que llegaron, pero que él mismo podía, si la convidada lo precisara, utilizar sus dientes del modo y manera conveniente. Preguntó entonces la señora si podían, al menos, ofrecerle algunas especias con que sazonar refrigerio tan elemental, y otro hermano, diligente, se levantó al punto con la intención de bajar a la ciudad para encontrar a quien por el amor de Dios le proveyera en limosna de un puñadito de sal. La señora le hizo desistir con toda cortesía, y ya se contentó, durante el resto de la cena, con observar en silencio la alegría y devoción de los hermanos en tan rudo acomodamiento.

Apurada la colación, los hermanos tomaron a la visitante y, conforme a lo prometido, mostráronle los establos (la intemperie de un pinar cercano), las mesas pulidas (piedras y troncos del bosque), los dormitorios (una colección de grutas y ranuras abiertas en la roca de la ladera) y, finalmente, llevándola hasta la cima misma de la montaña, al lugar sobre el acantilado desde el que se divisaba la inmensidad del cielo y la llanura que el ocaso aquietaba, los hermanos le indicaron complacidos: «Y éste, señora, es nuestro claustro».

«Los cielos son mi trono y la tierra la alfombra de mis pies. Entonces, ¿qué casa me vais a edificar, o qué lugar de reposo, si el universo entero lo hizo mi mano y todo vino a ser?» (Is 66, 1-2).

Los hermanos han llegado a ser los verdaderos moradores del universo en tanto que partícipes de la verdadera ceremonia -el amor fraterno y el canto de alabanza- en el verdadero templo -la creación entera-, medida del corazón del hombre tocado de eternidad.

Cada momento vivido resplandece de sacramentalidad; los detalles más insignificantes de lo cotidiano quedan incorporados a una liturgia ininterrumpida, variopinta, exuberante, prodigio sobre todos los prodigios. La santidad inunda la tierra por la presencia del Señor y cada acto humano cobra valor en cuanto rechazo o incorporación al festejo inconmesurable de un banquete de bodas: el desposorio en Cristo de hombre y Dios, cielo y tierra, espíritu y carne, naturaleza y eternidad.