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La inmensa mayoría de los medios de comunicación, tras el terrible atentado contra los Estados Unidos, han estado estos días, expectantes ante la apertura de Wall Street, ante la salud de la economía y del dólar. Apenas alguna voz se alza preguntándose por la salud del ser humano de carne y hueso, si su corazón que desea una vida infinita tiene o no motivos para la verdadera esperanza.
Si al Dios a quien rezaban, el pasado viernes, los que llenaban el templo principal de Washington, con la presencia destacada del Presidente Bush, no se le deja hablar a la hora de las decisiones a tomar, políticas o militares, y en definitiva a la hora de vivir todos y cada uno nuestra vida cotidiana, ¿de qué podemos quejarnos si el resultado no es otro que el de una Humanidad cada vez más deshumanizada? Pretender construir el mundo desoyendo a Dios, es hacer un mundo necesariamente contra el hombre. Y no menos que los civilizados occidentales, desoyen a Dios los fundamentalistas religiosos. Ambos son deudores de esa ideología, que domina el mundo, negadora de la verdad más elemental que constituye al ser humano: su radical dependencia de Dios, a cuya imagen y semejanza ha sido creado. Esta ideología, que en el siglo XX adquirió la forma del nazismo y del comunismo, no ha dejado de adoptar formas nuevas, igualmente mortíferas por mucho que la ideología se disfrace de civilidad o de religión. En su raíz está el macabro desprecio a la vida humana, que aparece en el ataque suicida contra los Estados Unidos, y también en el no menos macabro de los millones de abortos provocados y embriones destruidos, precisamente en el mundo pretendidamente civilizado. |
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No es casual que Jomeini, el más emblemático personaje del fundamentalismo contemporáneo, que marcó el camino a los talibanes y a Bin Laden, se haya formado en Occidente. No fue en el mundo islámico, sino en París, dentro de esa ideología en que sólo cuenta el poder del hombre, donde se prepararo a utilizarlo en favor -aparentemente- de su religión islámica. En la raíz del fundamentalismo no está la fe en Dios, sino la ruptura entre esa fe y la vida real, producida ya en los comienzos de la llamada Edad Moderna, y que los últimos Papas han calificado reiteradamente como «el mayor mal de nuestro tiempo». «Esta ruptura -se leía en estas mismas páginas hace ya casi tres años- ha traido, en el mundo occidental, la competitividad inmisericorde y el consumismo obsesivo -con sus terribles secuelas: depresiones, drogas, galopante deshumanización...-, y en el mundo islámico los excesos que todos los días nos cuentan los medios de comunicación. Son diferentes los decorados y el vestuario, pero el guión es el mismo: un mundo en el que sólo cuentan las fuerzas humanas, y regido por la ley del más fuerte. Ni en el mundo islámico, ni en ningún otro, se está defendiendo la religión cuando el reconocimiento de Dios y de su Ley se trata de imponer por la fuerza. Sencillamente, porque está perdida la confianza en la propia fuerza de Dios. Una verdad por la fuerza es una verdad sin confianza en sí misma. (...) La ausencia de la fe -o, lo que es lo mismo, una fe disminuida, divorciada de la vida real- deja a los hombres solos consigo mismos, y enfrentados, vayan en vaqueros o lleven turbante». Si el Padrenuestro se reduce a los templos, ¿cómo puede pretenderse que haya un mundo de hermanos? En la génesis del ateísmo, y podríamos añadir que en la génesis de aquello que no es genuinamente religioso en el Islam -el fanatismo nunca es ni puede ser religioso-, y en cualquiera otra religión, «pueden tener parte no pequeña los propios creyentes -dice elConcilio Vaticano II en su Constitución Gaudium et spes-, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión». Cuando la ruptura entre la fe cristiana y la vida no se ha dado, los buenos frutos no se han hecho esperar, también en la economía y la política. Ahí están De Gasperi, o Schumann, cuya acción política, vivida desde la fe católica, construyó lo más sano y valioso de la Europa contemporánea. ¿Qué se ha hecho de su herencia? A tiempo estamos, los políticos y toda la sociedad, de rectificar. De lo contrario, «el mayor mal de nuestro tiempo» seguirá pasando su factura letal. |