RetrocesoA&ONº 273/2013-IX-2001SumarioDesde la feContinuar
El pequealfa

Juntos, rezando por la paz

Os acordáis del capítulo de Caín y Abel,que publicamos en Pequealfa dentro de las Historias de la Biblia? A veces, los hermanos se hacen daño entre sí. El ejemplo de la Biblia intentaba hacernos ver un suceso que, desgraciadamente, ocurre con frecuencia. No sabemos bien por qué actuamos como actuamos a veces, quizá movidos por malos sentimientos como la envidia, el egoísmo o la soberbia ¿O sí lo sabemos? El relato de Caín y Abel nos enseña que cuando el hombre da la espalda a nuestro Padre Dios, deja de amar a sus hermanos, llegando incluso a matarlos. Las injusticias tan grandes que hay en el mundo, al pecar los hombres contra Dios, hacen que la gente se vuelva violenta, desconfiada, muy triste. Y los hombres seguimos haciéndonos daño, sin poner remedio a las injustas desigualdades.

Seguro que habéis visto por televisión, escuchado por la radio o leído en los periódicos la tragedia que ocurrió en la isla de Manhattan de Nueva York el 11 de septiembre. Aquellas llamadas Torres gemelas, que tanto hemos visto en las pelis, y que simbolizan la fuerza y la riqueza de un país tan poderoso como Estados Unidos, fueron derribadas y, finalmente, desaparecieron, junto con otros edificios.

Si os fijásteis bien, las reacciones de los mayores eran de mucha preocupación. Medio mundo estaba pendiente de la televisión o de la radio, escuchando y viendo en directo escenas terribles de gente que no quería morir. Lo que había ocurrido era que algunas personas, movidas por un odio terrible, se hicieron con el mando de aviones que volaban tranquilamente cruzando el país. Sin pensar en las vidas de la tripulación del avión, los secuestradores cogieron los mandos y se fueron directamente a estrellarse contra edificios importantes de la ciudad de Washington y Nueva York, en los que trabajaban muchísimas personas. En aquel dramático día murieron miles de personas inocentes. A los secuestradores no les importaban sus propias vidas, que con tanto cariño Dios les había dado; renegaron de Él y por eso tampoco pensaron en todos los inocentes que mataron con ellos.

Ahora, muchos países intentan unirse para luchar contra todo este terrorismo que actúa sin ningún respeto a la vida. Sin embargo, la violencia no puede solucionarse con más violencia. Eso sólo prolongaría los problemas hasta que todos nos hubiéramos hecho tanto daño que ya no pudiéramos más.

Seguramente os preguntaréis qué podéis hacer vosotros en un conflicto tan grande e importante. Pues hay algo fundamental que ninguno debemos olvidar: hay que rezar por la paz, y rezar es volver nuestra mirada y nuestro corazón a Dios, el Único que puede darnos la paz verdadera. Debemos poner nuestra esperanza en la fuerza de la oración, que Jesús escuchará lleno de amor.

Señor, hazme un instrumento de tu paz;
donde haya odio ponga amor;
donde haya ofensa, ponga yo perdón;
donde haya discordia, ponga yo armonía;
donde haya error, ponga yo verdad;
donde haya duda, ponga yo fe;
donde haya desesperación,
ponga yo esperanza;
donde haya tinieblas ponga yo luz;
donde haya tristeza, ponga yo alegría.

Que no me empeñe tanto en
ser consolado, como en consolar;
en ser comprendido, como en comprender;
en ser amado, como en amar;
porque dando, se recibe;
olvidando, se encuentra;
perdonando, se es perdonado;
muriendo, se resucita a la vida.

San Francisco de Asís