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En los más diversos ámbitos del mundo civilizado, desde los Parlamentos a los estadios de fútbol, desde las fábricas hasta los parqués bursátiles, horas después del feroz ataque a los signos del poderío económico y militar de los Estados Unidos, se guardaban emotivos y significativos minutos de silencio en recuerdo de los muertos. Quizás alguno, o muchos, de estos silenciosos ciudadanos musitara en su interior un Padrenuestro..., en ese ámbito recitarlo en alta voz habría estado mal visto -más en nuestro país, donde más que de rezar se habla de honrar a los muertos-. Es más, el terrible ataque suicida, causante de miles de muertos, ¿no se debía al fundamentalismo religioso? ¡Si la religión la sacamos de los templos, corremos el riesgo de peligrosos extremismos! Sin embargo, ¿no ha llegado la hora -así le dice Cristo a la Samaritana, que le pregunta si es en el monte Garizín o en Jerusalén donde hay que adorar a Dios- en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad? Reduciendo la Verdad, que se ha hecho carne y habita entre nosotros, a momentos esporádicos, y recluyendo a Quien es el centro del cosmos y de la Historia a recintos estrictamente privados, ¿qué clase de vida podemos vivir si no es la que se manifiesta en ese fuego infernal que ha llenado de indecible horror, en palabras de Juan Pablo II, el centro mismo del país más poderoso de la tierra? Expulsado Dios de la vida pública, no puede esperarse sino destrucción y muerte, por mucho que no quiera pensarse en ello. Acertadamente dice en su último editorial la revista italiana Tracce: «Los occidentales, distraidos y olvidados de su fragilidad, del mal y del pecado que llevan dentro, se han quedado atónitos. Todo lo humano corre un riesgo gravísimo que ninguna clase de escudo antimisiles puede eliminar; no tanto por razones técnicas, sino por el veneno -los cristianos lo llamamos pecado original-, por la envidia que el hombre lleva dentro de sí contra el bien y contra sí mismo». Si en la vida pública el Padrenuestro es sustituido por silencios de hombres huérfanos, no puede pretenderse un mundo fraterno. En los años 60 lo pretendieron algunos, en los diálogos cristiano-marxistas de París, protagonizados por el marxista Garaudy y en los que participó el padre Romano Scalfi, que posteriormente fundaría Russia Cristiana, el movimiento que ayudó decisivamente a mantener la fe y a generar la cultura genuinamente humana que de ella brota. Scalfi resume así esos diálogos: «Los marxistas se hicieron menos marxistas y más burgueses; los cristianos, menos cristianos y más burgueses; al final, todos burgueses». Esta burguesía sigue llevando consigo esa radical debilidad que supone la ruptura entre la fe y la vida, calificada por los últimos Papas como «la más grave enfermedad de nuestro tiempo». Una debilidad que se manifiesta precisamente en el espejismo del poderío simbolizado en las Torres gemelas y el Pentágono, como del fundamentalismo pseudorreligioso que representa Bin Laden. Hay que decir bien claro que ni en el mundo islámico, ni en ningún otro, se está defendiendo la religión cuando el reconocimiento de Dios y de su Ley se trata de imponer por la fuerza. Sólo la debilidad del Crucificado encierra el único poder verdadero, la única esperanza para toda la Humanidad. Hace veinte siglos, ahora y siempre. Alfonso Simón |