RetrocesoA&ONº 273/20-IX-2001SumarioDesde la feContinuar
Cine: A.I., de Spielberg
La historia del Ciberpinocho
Con críticas diversas y enfrentadas nos llega, tras su paso por Venecia, A. I. (Inteligencia artificial),
la última película del rey midas de Hollywood, Steven Spielberg. Se trata de una idea nada más
y nada menos que de Stanley Kubrick, y llevaba años en las despensas del cine
sin llegar a cocinarse nunca. Ahora se estrena con una falta total de acuerdo entre los críticos.
Lo que parece claro es que se trata de una parábola llena de enjundia a la que merece la pena hincar el diente

Inspirado en un cuento de Brian Aldiss (Los superjuguetes duran todo el verano), se compara A. I. con el Pinocho de Collodi, y sin duda tienen mucho en común, en el sentido de que ambos tratan de un niño artificial (en este caso un robot androide) que desea ser de carne y hueso para que su madre adoptiva (Geppeto en el cuento) le ame como a un hijo de verdad. Para ello recurre a un hada que posibilite el milagro. En esto Spielberg opta seguir por otro camino, ya que el cineasta pretende mucho más, quizá demasiado. Es de agradecer que, por fin, este año haya una película que combine el puro entretenimiento -es Spielberg- con cuestiones no sólo importantes, sino metafísicas y trascendentes -también es Kubrick-.

La historia está ambientada en el siglo XXII. Un matrimonio entristecido por la crionización de su hijo Martin, aparentemente muerto, adopta a David, un niño-robot de última generación (un meca), programado para amar. Todo va bien hasta que Martin recupera la salud y comienza a tratar a su hermanastro David como si fuera un simple muñeco. La convivencia se vuelve infernal, y David es abandonado por su madre adoptiva en un bosque, con la única compañía de Teddy, un delicioso osito de peluche capaz de pensar y actuar. A partir de ese momento comienza un periplo en busca del hada, del amor..., y del espíritu humano.

La mano de Kubrick está presente en la complejidad y abierta ambigüedad de ciertos momentos, que Spielberg trata siempre de inclinar hacia ese terreno humanístico judeocristiano que le es tan familiar. Concretamente vamos a detenernos en un par de elementos que parecen quedar claros en el film.

En primer lugar, el film abunda en que el progreso inventivo y cibernético del hombre nunca conseguirá crear un espíritu, un alma humana. La inteligencia artificial, por muy avanzada que llegue a estar, sólo podrá añorar con deseo ese plus cualitativo del hombre que le hace ser radicalmente diferente. Y ese plus es inalcanzable. El cine ya nos habló de ello en Blade Runner, de Ridley Scott, y mucho antes en el mito literario-cinematográfico del moderno Prometeo, Frankenstein, por poner sólo dos ejemplos. Por ello al robot David (el genial Haley Joel Osment) sólo le queda rogar al hada azul ese milagro, en una de las secuencias más impresionantes del film, en el fondo del océano, junto a un Manhattan sumergido de por vida en el mar (desgraciada e imprevista ironía). Es difícil no ver en la figura de ese Hada, dibujada con rasgos icónicos marianos, una directa mediación de la trascendencia, o mejor, del Único capaz de crear aquello que más anhela David.

El niño robot David es una gran metáfora del hombre y de nuestra dependencia original del misterio de Dios. David está programado para amar y depender de su madre, y nosotros, sin estar programados, llevamos inscrita en nuestra naturaleza la íntima dependencia de criaturas. Y también, como David, somos incapaces de alcanzar la plenitud de nuestro ser y nos vemos urgidos a pedir.

La película está llena de elementos ricos que fugazmente apuntan críticas o reflexiones éticas sobre el mundo moderno: el hedonismo de las relaciones sexuales -que en el film ha llevado a los hombres a crear robots cuyo único fin es mantener con ellos relaciones sexuales satisfactorias sin responsabilidades ni compromisos-; la crisis de horizonte de los nuevos matrimonios, que precisan comprar un androide para consolarse de la ausencia de hijos, prohibidos por el Gobierno; la nueva cultura masiva circense alimentada de morbo cruel -que en la película se materializa en las ferias de la carne-; y un largo etcétera que obliga a ver el film más de una vez.

No tan convincente es la estructura narrativa, con una segunda parte de desarrollo algo forzado, de ritmo renqueante y con demasiados finales que dan la sensación de que Spielberg no sabía cómo acabar el film. El resultado parece un tanto artificioso y poco natural. Estos presuntos errores de guión tienden a compensarse con una imaginería prodigiosa, envolvente, rica y sugerente, fruto de esa portentosa imaginación de la que Spielberg ha dado tantas pruebas fehacientes.

Juan Orellana