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Los terribles atentados sufridos el pasado martes 11 de septiembre en Estados Unidos han conmocionado a todo el mundo. Durante días, los ojos han estado puestos en la nación norteamericana y en su Presidente, cuya respuesta a la tragedia todavía esperamos. No debemos dejarnos llevar por el odio y la violencia. Ése es, en resumen, el mensaje que el Santo Padre ha hecho llegar al pueblo norteamericano y, en especial, a su Presidente. Y es que, en estos momentos de confusión, de ira, de deseos de venganza, lo más fácil es dejarse llevar por los instintos primitivos, hacer justicia. Sin tener en cuenta que en los trágicos atentados ocurridos en Washington y Nueva York las víctimas han sido seres inocentes. Y los más inocentes en toda esta historia han sido los niños, que son quienes más han perdido: parte de su futuro. Y en muchos y terribles casos, a sus padres, hermanos, familiares... Una imagen se me ha quedado grabada en la mente: la de los niños que, ajenos a la tragedia que se estaba viviendo a su alrededor, esperaban en el colegio o en la guardería la llegada de sus padres para recogerlos; en medio del caos, esa desolación de un niño que, sin entender lo que ocurre, ve que el tiempo pasa y nadie aparece a recogerlo, porque sus padres o familiares directos ya no pueden ni podrán nunca jamás. La vida de estos niños, a partir de ahora, estará marcada por esta infame tragedia del martes negro norteamericano. Pensemos en lo mucho que todos tenemos que perder usando la violencia. Y unamos nuestra oración a la del Santo Padre, para que la justicia se imponga y no tengamos que lamentar nuevas víctimas, sobre todo de niños, los seres más indefensos y los más inocentes en todas las guerras. La muerte violenta de un niño es el mayor síntoma de un mundo ciego. María Dolores Gamazo |