RetrocesoA&ONº 273/2013-IX-2001SumarioEl Día del SeñorContinuar
XXV Domingo del tiempo ordinario
Una parábola para hoy
Sabemos que los tres primeros mandatos del Decálogo tienen que ver con nuestra relación con Dios. Son la concreción del «Amarás al Señor tu Dios», de Dt 6,5. Dios es uno, y no ha de verse reemplazado por falsas divinidades. «Hoy se da una acusada tendencia -decía el Papa a los jóvenes ucranianos- a sustituir al Dios verdadero con falsos dioses e ideales falaces. Ídolos son los bienes materiales».

Jesús conoce el corazón humano. Sabe que los bienes materiales, si se procuran y utilizan como medios e instrumentos para el bien, nos sirven de ayuda. Pero jamás deben ocupar el primer lugar en el corazón del hombre, y menos del joven, llamado a volar alto, hacia ideales más nobles. Lc 16 tiene, en consecuencia, como finalidad decirnos que es malo reemplazar en el corazón a Dios por otras cosas.

Quiero entender así esta parábola del administrador infiel; de lo contrario, ¿cómo pensar que Jesús alabara a un hombre que obra a su antojo con los bienes de su amo y que, al ser despedido, hace trampas en los documentos para ganarse el favor de los acreedores a costa, una vez más, de su amo? ¿Por qué habría de ser loable su astucia?

Parece claro que, en el sistema social judío del siglo I, esta conducta del administrador puede entenderse a la luz de la prohibición de la usura en las leyes hebreas y que los acreedores no recibieron en realidad ni cien barriles de aceite, sino cincuenta, ni cien fanegas de trigo, sino ochenta. Ése es el favor que hace el que va a ser despedido. Pero de nuevo hemos de centrarnos en Jesús y recordar cómo una buena parte de sus parábolas están al servicio del tema central de su predicación: el Reino de Dios, que hay que acoger.

El lenguaje dramático de algunas parábolas -y un ejemplo es la nuestra- está diciendo, por esto, que con ella no se quiere iluminar la inteligencia, sino mover el corazón; y para mover el corazón el que habla o escribe tiene que recurrir a medios del lenguaje muy concretos. Jesús quiere decir a sus oyentes que la hora que están viviendo es decisiva e inesperada, y hay que actuar rápidamente. El administrador es alabado no por infiel, sino por inteligente. Está en momento crítico y debe presentar las cuentas rápidamente. Lo que alaba Jesús es esto: la prontitud a reaccionar, que contrasta con la atonía que encuentra su predicación en parte de sus oyentes. ¿No es una buena parábola para cristianos parados y sin vigor en su fe?

+ Braulio Rodríguez Plaza
Obispo de Salamanca