|
|
|
La Nunciatura Apostólica en Washington, la sección inglesa de la Secretaría de Estado del Vaticano, y los cardenales y obispos norteamericanos le mantienen al tanto de los planes que comienza a poner en movimiento la Casa Blanca para responder a los ataques más duros de la historia del terrorismo. Durante toda la semana, el Pontífice ha venido repitiendo manifestaciones públicas de cariño, cercanía y solidaridad. Al mismo tiempo ha pedido al pueblo estadounidense «no ceder a la tentación del odio y de la violencia», y «comprometerse al servicio de la justicia y de la paz» (palabras pronunciadas el pasado domingo en su visita pastoral a la localidad italiana de Frosinone). Aquí se resume la gran preocupación actual del Papa (y no sólo del Papa) en estos momentos: ¿qué respuesta debe ofrecer el mundo ante ataques tan salvajes? ¿Cómo es posible reaccionar a lo que parece una red terrorista con tentáculos en todos los continentes, con hombres kamikaze, y con el fanatismo y el odio por ideología que además utiliza la religión? |
|
El Santo Padre ofreció pistas de respuesta importantes al recibir, dos días después de los atentados, al nuevo embajador de Estados Unidos ante el Vaticano, James Nicholson. En la ceremonia de entrega de las cartas credenciales, constató dos principios fundamentales: la primera respuesta debe estar guiada por la justicia (no por la venganza); ahora bien, a largo plazo, la solución pasará por la promoción de una nueva era de colaboración entre las naciones. «Rezo para que este acto inhumano despierte en los corazones de todos los pueblos del mundo el firme propósito de rechazar los caminos de la violencia -dijo al embajador estadounidense-, de combatir todo lo que siembra odio y división en la familia humana, y de trabajar por el amanecer de una nueva era de cooperación internacional inspirada en los más altos ideales de solidaridad, justicia y paz». La propuesta del Papa está destinada a superar la gran tentación que se cierne en estos momentos sobre la Humanidad, eso que Samuel Huntington, en 1996, describió en su famoso libro como el choque de las civilizaciones (The clash of civilizations and the remake of world order). El peligro de interpretar estos dramáticos acontecimientos como el enfrentamiento entre el Islam y el cristianismo, entre el mundo árabe y Occidente, no ha estado ajeno, esta semana, incluso en la reflexión de importantes exponentes del cristianismo mundial. Se trata de una tentación que el Pontífice ya lleva denunciando desde hace tiempo, por considerarla fruto de análisis simplistas. Siguiendo la iniciativa de las Naciones Unidas de proclamar el año 2001, Año internacional del diálogo entre las civilizaciones, Juan Pablo II dedicó su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz (1 de enero pasado) a «reflexionar sobre el diálogo entre las diferentes culturas y tradiciones de los pueblos -son palabras del mismo texto-, indicando así el camino necesario para la construcción de un mundo reconciliado, capaz de mirar con serenidad al propio futuro». |
|
La Santa Sede, en esta semana, se ha movilizado de manera sorprendente para evitar la equiparación del terrorismo islámico con el Islam. Horas después de los atentados, representantes del Vaticano e importantes líderes religiosos islámicos unían su voz para elevar una dura condena del horror terrorista. El comunicado del Comité de Diálogo Islámico-Católico, formado por el Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso y por el Comité Permanente Al-Azhar para el Diálogo con las Religiones Monoteístas (Al-Azhar, de El Cairo, es posiblemente la Universidad islámica de mayor reconocimiento en el mundo), añadía: «Estos actos de violencia no son el camino para llevar la paz al mundo. Como líderes religiosos deseamos subrayar que el auténtico fundamento de la paz es la justicia y el respeto mutuo». El cardenal Angelo Sodano, Secretario de Estado de Juan Pablo II, el viernes pasado, también quiso intervenir para evitar prejuicios o interpretaciones peligrosas de los atentados. Según el más cercano colaborador del obispo de Roma en la guía de la Santa Sede, los atentados tienen «una valencia étnica y cultural, pero no religiosa». «Ciertamente en la locura -advirtió- un hombre puede remitirse a los principios religiosos, pero eso es una grave deformación». Juan Pablo II, dirigiéndose al embajador estadounidense, consideró que la revolución de la libertad, que ha caracterizado a su país, debe ir acompañada ahora por la revolución de las oportunidades para «todos los miembros de la familia humana, de modo que puedan gozar de una existencia digna y compartir los beneficios de un auténtico desarrollo global». Aquí está la clave para superar la marginación o humillación de países o culturas, terreno abonado para el fanatismo. «Las estructuras políticas y económicas -agregó- deben basarse en una visión cuyo centro es la dignidad, que procede de Dios, y los derechos inalienables de cada ser humano, desde el momento de su concepción hasta su muerte natural. Cuando algunas vidas, incluyendo las de los todavía no nacidos, están sujetas a las decisiones personales de otros, ningún otro valor o derecho puede garantizarse a largo plazo». «Nunca antes ha sido tan urgente dar nuevo vigor a la visión moral y optar por aquello que es esencial para conservar una sociedad libre y justa», concluyó el Papa. En definitiva, Estados Unidos, Occidente, sólo podrán responder con justicia ante el terrorismo islámico en diálogo y cooperación con los representantes autorizados del mundo islámico (tanto políticos, como religiosos o culturales), que por otra parte se han precipitado en su casi totalidad a condenar los atentados y a expresar su solidaridad con el pueblo norteamericano. |