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La impresión, el dolor por las víctimas inocentes, la solidaridad y, sobre todo, la plegaria, no anulan, ni podrían hacerlo, las distintas dimensiones de preguntas que se plantean a un orbe todavía, y por mucho tiempo, estupefacto por los hechos. La atmósfera mundial se encuentra ahora tocada por la inquietud de que haya sobrevenido algo más grave y peligroso que la misma amenaza atómica. La constatación de ello la encontramos en los editoriales del día siguiente a ese martes once en los grandes diarios del mundo occidental: El mundo es un lugar diferente después del ataque de ayer (The Wall Street Journal); La Historia registró ayer una inflexión irreversible y definitiva (ABC); El día que cambió el mundo moderno (The Times); Fin dramático de la post-guerra fría (Le Monde); Un golpe de Estado contra nuestra civilización (El País); Golpe en pleno corazón (Frankfurter Allgemeine Zeitung). |
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Podemos pues decir, sin temor a exagerar, que estamos en presencia de un momento histórico en ningún caso de menor dimensión, y hasta por el contrario, que la caída del Muro de Berlín y el derrumbe de la Unión Soviética a fines de los ochenta, o la toma de la Bastilla hace poco más de doscientos años. Mientras muchas autoridades y los ciudadanos del mundo observan con preocupación los escenarios de posibles contra ataques, el ex-Secretario de Estado, Henry Kissinger, en un primer análisis de los acontecimientos, ha señalado que la tarea más importante frente a esta nueva forma de guerra declarada por el terrorismo, es ir más allá de la represalia. Citando al propio Presidente Bush, ha puntualizado que «la guerra hay que ganarla, no llevarla a cabo como un ajuste de cuentas, golpe por golpe». Sería por ello imprescindible, ha agregado, superar el patrón actual de represalias y persecución legal, «para llevar la lucha hasta la raíz del problema». Si bien es la suya una reflexión de carácter político-estratégico, su formulación conclusiva debería constituirse, sin duda, en la esencia de nuestra preocupación con respecto al instante actual de la Humanidad. Tengamos presente que en la primavera pasada hemos podido recordar un hecho capital en este sentido. Se han cumplido entonces, en efecto, diez años desde que, en un día primero de mayo -cuando los visitantes de Berlín todavía recogían restos del Muro y aún no se consumaba el fin de la URSS-, aquel a quien grandes medios de prensa, así por ejemplo el semanario L`Express, calificaron como el gran vencedor de los episodios iniciados en 1989 (aquel mismo que justo diez años antes, también un día de mayo, salvó de manera imprevisible de la mano asesina que quiso quitarle la vida en la Plaza San Pedro), daba a conocer al mundo un documento trascendental con relación al tiempo en que vivimos: Centesimus annus, carta encíclica en el centenario de la Rerum novarum. Haciendo un análisis de la situación también conmocionante de ese momento y otorgando un reconocimiento completamente novedoso a los progresos reales del mundo moderno, incluido en ello, dentro de sus límites, al libre mercado, Juan Pablo II saludaba allí la memoria de su antecesor, León XIII, recordándonos empero que las grandes destrucciones y desgracias vividas por el mundo en la primera mitad del siglo XX, y sus ulteriores y trágicas consecuencias, se debieron a que se desoyó su profético anuncio acerca de qué es la libertad, transformándose ésta «en amor propio, con desprecio de Dios y del prójimo; amor que conduce al afianzamiento ilimitado del propio interés» (n. 17). Hoy, agregaba el Papa, la negativa al reconocimiento objetivo de la verdad, consecuencia de las tendencias agnósticas y ateas inscritas en la cultura moderna, amenazan también la integridad de la democracia (n. 46), y ofuscan la concepción del hombre y de su destino, base insustituible para la construcción de su propio futuro, situando la grandeza de éste «en sus dotes para el conflicto y para la guerra» (n.51). |
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Por una particular coincidencia, el jueves 13 de septiembre -dos días después de la catástrofe causada por los terroristas en Nueva York y Washington-, Juan Pablo II debió recibir las cartas credenciales del nuevo embajador norteamericano ante la Santa Sede. Junto a la expresión de su dolor paternal, leemos en su discurso de recepción una reactualización de aquellos mismo postulados. Las gracias y grandes lecciones todavía palpitantes del reciente Jubileo que celebró el segundo milenio del nacimiento del Salvador, debieran ayudar al mundo a comprender que en este caso «llevar la lucha hasta la raíz del problema» no es simplemente una operación mecánica ni externa al cuerpo de nuestra civilización, sino una que parte por revisar la vigencia entre nosotros de las preguntas esenciales sobre el sentido de la existencia personal, pues «cuando esta pregunta es eliminada, se corrompen la cultura y la vida moral de las naciones» (Centesimus annus, 24). La magnitud de la avanzada terrorista se irá constituyendo en una interpelación moral para nuestro mundo, y puede por ello ser ocasión para algo más que una autorrevisión de los sistemas de seguridad y una respuesta que restaure el honor de la soberanía violentada. Llevar con verdadera honestidad y valor auténtico la lucha hasta las postrimerías, debería también obligarnos a examinar la solidez real de nuestros cimientos culturales. Jaime Antúnez |