RetrocesoA&ONº 273/2013-IX-2001SumarioEspañaContinuar
Jóvenes de toda España en Covadonga
El reto de una juventud distinta
Desde que mi Santina viniese a ofrecerme su constante protección y apoyo hace cientos de años, una parte de mi alma y mi espíritu reposan mansamente en estas montañas. Por las noches, lejos del bullicio de los turistas y visitantes, el santuario de Covadonga reza su particular oración de descanso y silencio, y las montañas que lo rodean se sonríen plácidamente. Todos, montañas, santuario y yo, Don Pelayo, hemos vivido mucho ya. Mi estatua se alza con orgullo a la izquierda de la basílica de Covadonga. Desde mi emplazamiento observo constantemente cómo pasa la vida, inalterable para estas montañas, vertiginosamente para los mortales. Pero, estos últimos días, una gran sorpresa vino a despertar a Covadonga del letargo de la monotonía.

Era una mañana soleada de sábado. El santuario reposaba tranquilo y pequeños grupos de peregrinos llegaban, como es costumbre, a visitar estos lugares. El silencio que imponen las montañas desde hace siglos seguía inalterable, pero súbitamente pude divisar, en la subida al santuario, una pequeña fila de jóvenes que se extendía a lo lejos en el camino. Llegaban tranquilos, con paso seguro y sonrisa transparente en los labios. A medida que avanzaban pude oír sus palabras. Un murmullo conocido me confirmó que rezaban el Rosario. Era toda una provocación para algunos visitantes ajenos a aquella peregrinación, que no podían evitar quedarse inmóviles observando el extraño suceso: gente joven, mostrando orgullosos esa juventud, retaban al mundo con sus cánticos a María y su oración apasionada. Pude ver cómo los miraban entre sorprendidos y burlones. No me extrañó. Tanta unión y tanto amor sólo puede causar desconcierto para el observador no participante.

Finalmente, llegaron hasta mí. Allí, examinándoles de cerca, comprobé que no había nada que les diferenciara de los demás: piercings, tatuajes, frescura y alegría, nada desentonaba. Eran jóvenes de este siglo, pero verdaderamente alternativos. Parecía que habían optado gustosos por la minoría del amor a Dios. Parecían valientes, decididos, deseosos de conocer a la Santina, saber lo que Ella les pedía.

Pronto, el santuario se llenó de música. No era música cualquiera. Sus letras hablaban de entrega, de compromiso, de verdad: Migueli, Olga Poza, Tercera República, Maranatha...; los peregrinos saltaban al ritmo de las guitarras y, a la vez, pronunciaban aquellas palabras que les hacían vibrar. Entre la música, testimonios de jóvenes y no tan jóvenes compartiendo su experiencia de Dios. Un joven seminarista relató cómo Dios entró en su vida, y cómo sentía la ternura de la Virgen Madre de Dios. Impactante para los jóvenes fueron las palabras cercanas y sencillas del obispo auxiliar de Madrid monseñor César Franco, que abrió su corazón hablando de su madre, y cómo ésta le acercó más al sufrimiento de la Virgen a los pies de la Cruz.

La noche de aquel viernes se celebró una Vigilia. Un hombre vestido de negro y rojo hablaba a los jóvenes. Oí cómo le llamaban cardenal. También supe que se encontraban muchos obispos. «Hay que iluminar y ser del mundo la luz», decían, y la música se golpeaba contra las montañas que nos rodean, y rompía de nuevo el silencio con fuerza, al igual que hacía con los corazones de algunos que, sentados en el suelo, en medio de la oscuridad, rezaban pensando que aquel encuentro era otro regalo de Dios.

La siguiente mañana, domingo, el santuario volvió a llenarse de música. Nunca había vivido una Eucaristía igual. Guitarras eléctricas, flautas traveseras, violines, batería... interpretaban canciones que muchos escucharon con gusto, a pesar de que los obispos y los sacerdotes concelebrantes se miraban, entre extrañados y divertidos, ante una misa tan poco común. Aquel hombre vestido de negro y rojo, que todos llamaban cardenal Antonio María Rouco, volvió a hablar. Esta vez pronunció frases dirigidas a los atentos peregrinos sentados en el suelo: «Somos jóvenes no sólo en edad y en vigor físico y psicológico, sino también en el alma y en el corazón. Jóvenes que quieren y se proponen en estos momentos de su Patria, de la sociedad y del mundo, ser protagonistas a un renacimiento espiritual de las nuevas generaciones de España. (...) Es hora de descubrir con María, en Covadonga, queridos jóvenes venidos de toda España, esa personalísima vocación recibida del Señor para vencer definitivamente en nuestras vidas la tentación de las tinieblas y del odio, las del rencor y de la muerte, diciendo con María a Jesucristo: cúmplase en mí tu llamada, tu palabra, tu invitación a vivir la apasionante aventura del Evangelio en el sagrario más íntimo de mi vida personal; y clara y limpiamente, entre mis amigos y compañeros, en cualquier ámbito donde yo me mueva: en la familia, en el estudio y en el trabajo, cuando me divierto, sueño, me desilusiono... ¡Cueste lo que cueste! Sin tener miedo a decir Sí a la vida consagrada, al sacerdocio, a la vocación del seglar apóstol (...) Porque, efectivamente, Jesús nos busca personalmente, a cada uno, como si no hubiese nadie más en el mundo que nosotros».

Después, aquel cardenal de rostro sereno anunció algo que la muchedumbre acogió con aplausos: el Papa Juan Pablo II había enviado un telegrama; en él, invitaba a los jóvenes a prepararse para el próximo encuentro mundial de la Juventud, en Toronto, manteniendo vivo el eco de Roma. También quiso impulsarles a conocer, en el santuario de Covadonga, las raíces de la fe cristiana. En este paraje santo, las palabras del Papa imploraban a la Virgen que la juventud venidera fuera realmente la luz del mundo.

Todo acabó después de aquella Eucaristía. Los jóvenes se dispersaban e iban desapareciendo ladera abajo, hacia sus destinos. Pero algunos se acercaron a mí. Con el pensamiento, me miraban y supe que Sandra, de 20 años, me decía que «lo que más me ha impactado de todo esto ha sido poder ver a tantos jóvenes juntos, en un momento en que hay tan pocos en las parroquias. El obispo de Teruel hizo una reflexión preciosa sobre la Virgen María, y la Eucaristía de hoy domingo, con su música, me ha ayudado mucho a orar». Luego se acercó a mí otra chica, paseando sola, me contó que se llamaba Paloma, que tenía 18 años y que había querido venir a Covadonga para tener un encuentro con la Virgen: «Me ha ayudado muchísimo, porque he aprendido un montón de cosas sobre la Virgen. Yo veo muy bien a los cristianos jóvenes y cada vez noto más fe en ellos. Estoy muy a gusto en estos encuentros porque puedes hablar con cualquiera de Dios, y me siento comprendida y nunca sola. No olvidaré cuando nos pusimos a rezar en la cueva frente a la Virgen».

Ahora que todos se han ido, el santuario ha vuelto a su silencio y recogimiento habitual. Las montañas han suspirado, por fin, tranquilas; yo sigo vigilando estos parajes, y la Virgen continúa en su cueva, acogiendo a todos los peregrinos, sean jóvenes o no, desde su presencia sencilla de Madre. Sólo yo sé que la Santina ha sonreído estos días.