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A. Llamas Palacios
No hay más contradicción en el corazón del hombre que la negación de su propio destino. El símbolo del ataque terrorista a las Torres Gemelas de Nueva York nos recuerda que el corazón de Prometeo, el corazón de cristal sobre el que se blinda la seguridad de los hombres y de las sociedades contemporáneas, no ha erradicado la violencia y el terror, el amargo resabio de la incoherencia. Juan Pablo II, en el discurso durante la visita al Mausoleo de Yad Vasehd, de Jerusalén, el jueves 23 de marzo de 2000, se preguntó, y nos preguntó, ante la memoria de las millones de víctimas inocentes del nazismo: «¿Cómo pudo sentir el hombre un desprecio tan hondo por el hombre?»
El pasado verano, el premio Nobel de la Paz, Elie Wiesel, escribía un extenso artículo en la prensa europea, con el título: Terrorismo: mal absoluto. Después de recordar los recientes azotes de la hidra venenosa de la violencia sin rostro, Elie Wiesel se preguntaba: «¿Qué es el terror? La pirámide invertida, ¿es el reino exclusivo de la fuerza? Es el reino sin límites del miedo (...) Bajo un régimen terrorista, el hombre deja de ser una creación única con infinitas posibilidades y, por tanto, con una capacidad de decisión ilimitada, para convertirse en un número o un monigote, con la única diferencia de que los números y los monigotes son impermeables al miedo. Pero, ¿cómo explicar entonces el atractivo del terror en algunas mentes? ¿Es por ansia de poder? ¿O tal vez por deseo de venganza?» |
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El terrorismo es capaz, y ésta es la experiencia de estos días, de generar preguntas que aparentemente no tienen respuesta. Sólo si se trasciende la lógica de la puesta en escena del odio y la venganza seremos capaces de superar los iniciales momentos de estupor que este tipo de acciones, nada humanas, producen en nuestras conciencias. Podemos y debemos -nada de lo humano nos es ajeno- buscar algunas respuestas en las palabras de Juan Pablo II el 29 de septiembre de 1979, en la localidad irlandesa de Drogheda, muy cerca de la frontera con el Ulster: «El cristianismo no nos impide ver las injustas situaciones sociales o internacionales. Lo que el cristianismo nos prohibe es buscar soluciones a estas situaciones por los caminos del odio, del asesinato de personas indefensas, con métodos terroristas. La violencia es una mentira, porque va contra la verdad de nuestra fe, la verdad de nuestra humanidad. La violencia destruye lo que pretende defender: la dignidad, la vida, la libertad del ser humano. No creáis en ella. Reconciliación es una palabra que no puede estar ausente del vocabulario de la conciencia cristiana». Del abundante magisterio de Juan Pablo II sobre el fenómeno de la violencia y del terrorismo, recobra especial interés el discurso que envió al Congreso Internacional de la Unión Mundial de la Democracia Cristiana, con fecha de 18 de febrero de 1982. «Todo el mundo constata -señala el Santo Padre-, en primer lugar, que los terroristas pueden disponer hoy día de armas terribles, las cuales se procuran con excesiva facilidad. Esto favorece su obra destructora, pero no basta para explicar las raíces del fenómeno ni su gravedad. Está, sobre todo, el hecho de que el terrorismo se ha podido convertir en una arma psicológica eficaz, gracias a la repercusión inmediata y universal difundida por los medios de comunicación social, los cuales consideran como un deber señalar la noticia. |
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Más profundamente sería necesario explicar la causa por la que seres humanos como nosotros recurren a este medio lamentable. Impulsos de violencia duermen desde siempre en el corazón de los hombres, al mismo tiempo que impulsos de paz, de amor; sin duda, los primeros se encuentran más excitados en la actualidad. ¿Será el recrudecimiento de las injusticias o su toma de conciencia lo que suscita estas reacciones violentas? Pero ¿cómo puede la causa invocada justificar el método? Existe, sobre todo, la difusión cada vez más frecuente de ideologías de violencia, de lucha odiosa, que deforma la conciencia hasta el punto de eliminar todo escrúpulo en quienes ordenan o realizan estos actos bárbaros; más aún, que los conducen a justificarse, a gloriarse de ellos como de un deber o de una buena acción. El mal es profundo en el pensamiento y en el corazón del hombre. Está, por último, la complicidad de toda una red internacional de terrorismo, que encuentra apoyo o incitaciones secretas en tal o cual potencia». En otro momento del certero discurso de Juan Pablo II, se lee como grito explosivo de una tragedia clásica y moderna: «Cualesquiera que puedan ser las raíces de la acción terrorista, las tentativas de justificación, nosotros no podemos sino repetir una vez más y siempre: el terrorismo jamás está justificado en una sociedad civilizada. Es un un retorno sofístico a la barbarie, al anarquismo. Es siempre una manifestación de odio, de confusión ideológica, con la intención de sembrar la incertidumbre, el miedo en la vida nacional e internacional. El terrorismo quiere justificar su fin -y, a veces, un fin miserable- por medios indignos del hombre. Se apodera de bienes y de un patrimonio precioso, sin consideración alguna respecto a los derechos que tienen legítimamente sobre ellos las personas o la sociedad. Sobre todo -y esto no puede ser admitido bajo pretexto alguno-, se apodera cruelmente, en forma de rapto, de tortura o de asesinato, de la libertad y de la vida humana de inocentes indefensos, que nada tienen que ver con la causa invocada o que son sencillamente el símbolo de una responsabilidad o de un poder al que ellos atacan». |